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lunes, 7 de febrero de 2011

Inmigrantes, una breve reflexión

Oscar Taffetani   


Sonya Levien, abogada norteamericana de origen ruso, a quien la crisis de los ’30 transformó en guionista de la Fox, escribió el libreto para una memorable versión de El jorobado de Nôtre Dame, pelìcula dirigida por Wilhelm Dieterle (otro inmigrante, éste de origen alemán) que Hollywood distribuyó por el mundo en 1939, es decir el mismo año en que las SA y las SS hitlerianas se disponían a conquistar Europa y a consumar el exterminio y diáspora de millones de personas.

En la escena inaugural de aquel film, una multitud empobrecida y famélica pretende entrar a la ciudadela de París momentos antes de que se cierren las puertas. Un soldado cierra el paso a un gitano y le recuerda que tienen prioridad los que han llegado antes. El gitano le responde: “Todos estamos de paso, amigo. Unos llegaron antes. Otros llegamos después”.

La sencilla respuesta tiene una profundidad admirable. No es casual que haya salido de la pluma de una escritora inmigrante, pensamos. Todos estamos de paso, como dice el gitano. Y haber llegado antes o después no significa nada.


Declaración de guerra

Las antiguas familias de los Estados Unidos, descendientes de los primeros colonos, gustaban llamarse WASP (White Anglo Saxon Protestant). Ser blanco, anglosajón y protestante era la fórmula para llegar a un puesto de gobierno. Los irlandeses, predominantemente católicos, eran segregados y enviados a hacer los peores trabajos, en las minas y en el campo. Con el tiempo, esos católicos blancos fueron ganando su lugar, a la vez que aliándose con grupos negros en la batalla de los derechos civiles.
Detrás de los irlandeses, subieron en las escala los italianos (eso puede verse muy claro en la saga fílmica de El Padrino). Más tarde, los griegos y los polacos, y así.

La colectividad japonesa se tropezó en su ascenso social con Pearl Harbour (allí fueron demonizados y se convirtieron en enemigo interno). Avanzado el siglo XX, debieron ceder el lugar a los indochinos (saldo de la guerra de Vietnam) y también a los chinos, que aunque habían arraigado en la Costa Oeste, desde el siglo XIX, recién ganaron reconocimiento en estas últimas décadas, cuando China se perfiló para ser la gran factoría del mundo globalizado.

La población negra, de remoto origen africano, debió sufrir distintas formas de la “solución final” al estilo blanco, desde los modos directos y violentos del Ku-Klux-Klan hasta la compra de tierras en Africa para devolver las familias “a su origen” (así nació Monrovia y después la Liberia actual). 

Paralelamente, desde mediados del siglo XX, los Estados Unidos fueron incorporando cientos de miles de hispanos y latinos a su población. Trabajadores golondrina mexicanos, emigrados políticos o económicos del Caribe y Centroamérica, en síntesis, una mayoría silenciosa con mucha fuerza de trabajo para entregar, pero inevitablemente muda en el reclamo de sus derechos y en la defensa de su dignidad.

La situación cambió notablemente a la vuelta del siglo. Hoy, la segunda y la tercera generación de hispanos han impuesto su presencia económica y cultural en los Estados Unidos, llevando a referentes de su comunidad a puestos clave de la administración.

Sin embargo, para una parte del Establishment, los nuevos inmigrantes, los nuevos trabajadores golondrina y los nuevos indocumentados (cuya masa se calcula en once millones) representan una amenaza. Son un país en las sombras; una nación de pobres e indocumentados que no existen para el Estado y que generan en la “informalidad” sus propias redes y su propia organización. Por eso los legisladores de Arizona, tomando la delantera, les han declarado la guerra mediante la Ley de Inmigración conocida como SB 1070. El instrumento permite a la policía arrestar a indocumentados sólo por tener una apariencia peligrosa o presumir que podrían cometer algún delito, habilitando una vía rápida de deportación al país de origen. La Coalición Nacional del Clero Latino y el Fondo de Dirigentes Cristianos para la Defensa Legal, entre otras organizaciones civiles, ya comenzaron a preparar los amparos judiciales. Cuentan con el apoyo de 30.000 iglesias evangélicas de todo el país y con la firma de 300 pastores hispanos del Estado de Arizona.

No obstante, el futuro es incierto, en un Estado que ha convalidado la construcción de un vergonzoso Muro en la frontera con México, como si ambos países no estuvieran unidos territorial y culturalmente, desde hace siglos.


Una única raza, humana


El equipo de expertos al que la Unesco encargó, a principios de los ’50, la elaboración del árbol de la raza humana, concluyó veinte años después su investigación, con un informe que debería leerse y estudiarse en todas las escuelas del mundo. Las sentencias del informe quitan legitimidad y fundamento a cualquier acto de discriminación de los seres humanos en razón de su color de piel o su apariencia. “Todos los hombres de la actualidad –leemos- pertenecen a la misma especie y descienden del mismo tronco. La división de la especie humana en razas es en parte convencional y en parte arbitraria, y no implica ninguna jerarquización, en absoluto. El conocimiento biológico actual no permite imputar los logros culturales a las diferencias en el potencial genético, sino que sólo deberían atribuirse a la historia cultural de los distintos pueblos”.

Lo que no dice el informe de la Unesco sobre las razas (aunque se infiere) es que el racismo, tanto el de ayer como el de hoy, es sólo una máscara para tapar los privilegios y los intereses económicos de algún determinado grupo social.

Actualmente, gran parte de la dirigencia planetaria promueve, o bien tolera, la construcción de muros, de muros burdos o inteligentes, hechos de alambre o de hormigón, altos o bajos, con el único propósito de segregar, de separar a ésos que llegaron antes de los que llegaron después, al niño que duerme tibio en su cuna de aquel que lo hace (no menos tibio) en una caja de cartón.

Pero todos -como lo recordó el gitano de aquella película- estamos de paso. Y la historia sigue siendo, felizmente, el caudaloso, cambiante e impredecible río de Heráclito.

http://www.pelotadetrapo.org.ar/agencia/index.php?option=com_content&view=article&id=3754&Itemid=0


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domingo, 30 de enero de 2011

Clandestinos y esclavos

Claudia Rafael   


Cuando el joven Hamid dejó bien atrás su tierra magrebí, sintió que la riqueza entera del mundo estaría bajo sus pies. Las luces de las grandes ciudades lo cautivaban desde la lejanía, que intuía ya desde las cartas que su hermano Ahmed le enviaba desde una Francia exuberante y profusa que luego supo inexistente. No tardaría en cargar sobre sus hombros oscuros y su piel brillante de soles africanos la historia entera del mundo contra la que su rostro impactaría de lleno a poco de llegar.

Supo entonces que no hay un destino propio, con sueños de oropeles y deslumbrantes mañanas, para los desclasados. Eternamente portarán sobre su frente ancha la huella del origen que los hará fácilmente identificables allí donde lleguen como golondrinas que mutan de geografía en busca de trabajo que les dignifique los días.

No es simple llegar a la sádica conclusión de que la historia no es adversa sólo para Hamid. Golondrinas tercas arrinconadas a ese destino llegan de a millones a ese sexto continente que absorbe a todos los migrantes de la vida, que ya no reconocen su sitio de partida pero que jamás pertenecerán a su lugar de llegada. Golondrinas de pasaporte apátrida anclados eternamente en el país de la no dignidad.

Aristóteles definía que “la Tierra concibe por el Sol y de él queda preñada, dando a luz todos los años”. Imposible en su tiempo pergeñar la idea de trabajo productivo o, más aún, la de producción humana. El hombre –en una perspectiva absolutamente misógina- era capaz de reproducir ese vínculo del origen y obtener los frutos de la Tierra por el simple hecho de que el Sol la había fecundado: el buey y el arado, guiados por un sacerdote, aseguraban la fecundidad de la Madre Tierra hasta hacerla parir. Eso era la vida, ése era el proceso vital que aseguraba la reproducción sin los conceptos de acumulación de la riqueza de los que se apropiaría la humanidad siglos más tarde.

Hubo tiempos en que claramente el trabajo era sinónimo de esclavitud. Y bastaría bucear en su etimología, para comprender en profundidad. Trabajar: del latín, tripaliare. Derivada a su vez de tripalium, instrumento de tortura con el que se castigaba a los esclavos que no querían someterse.

No se ancló lejos de ese concepto el relato recogido por la Organización Internacional para las Migraciones por una víctima de trata para explotación laboral: “Un día por la radio escuché que un fabricante pedía costureros para su taller en Buenos Aires. En Santa Cruz (Bolivia), me entrevisté con una señora que me dijo que  pagaban un peso con cincuenta la prenda, con casa y comida. Ellos pagaban el traslado, y después me lo iban descontando. Mi pasaje salió 120 dólares. Viajamos mi mujer, yo, y unas seis personas más. De la terminal de micros de Retiro nos llevaron directo al taller, y el dueño se quedó con nuestros documentos. El taller tiene dos habitaciones bien grandes, con unas 15 máquinas. Allí trabajamos, comemos y vivimos todos, incluso hay gente con niños pequeños. Trabajamos de lunes a sábado al mediodía, desde las siete de la mañana hasta la una de la madrugada del día siguiente. Al que se cansa o quiere dormir, el dueño lo amenaza con no pagarle nada, con ´cagarlo a palos por vago´, o con denunciarlo a la policía para que lo deporten. Las puertas del taller están cerradas con llave, y la puerta de calle también. Ayer cuando le pedí lo que me debía, porque quería mandar plata a mi familia, me dijo que no me  debía nada, me gritó que si lo seguía jodiendo llamaba a los de migraciones y me agarró a las patadas; a mi señora también le pegó.”

A nivel mundial, la OIM estima que el 90 por ciento de las víctimas de trata son mujeres y niñas explotadas sexualmente. Y que las víctimas para explotación laboral –mujeres y hombres por igual- se ven obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud en talleres textiles, tareas rurales, bloqueras, servicio doméstico o pesqueras.

Cuando por estos días los medios masivos recordaron abruptamente la existencia de la explotación laboral reprodujeron testimonios que repetían “ni siquiera sabemos cuánto nos van a pagar la hora”, “ni siquiera sabemos cuántos días vamos a trabajar”, “ni siquiera sabemos cuándo vamos a volver” o “nos hacinaban en casillas de chapa, sin cuchetas, sin agua y cobrándonos cada centavo de la poca comida que nos daban”.

Pocas veces la palabra fue tan contundente a la hora de nombrar las tareas. No es casualidad, en un retorno al concepto aristotélico de la Tierra fecundada, que se llame desflore al trabajo de retirar una por una las flores de las plantas hembras para producir maiz para semilla. En ese trabajo manual de evitar la polinización de hembras entre sí, para que la planta macho fecunde y nazca la semilla híbrida necesaria para la producción.

Son –según las cifras estrictamente oficiales del Anses- 150.000 los trabajadores temporarios en la Argentina. La mayoría, en condiciones de tremenda exclusión. En Formosa, Mendoza, Salta, Misiones, Jujuy, Buenos Aires, Entre Ríos o el profundo Sur que en más de un 60 por ciento trabajan totalmente en negro. A expensas de la mano mandante de las grandes transnacionales que hacen pie en cada asentamiento a través de empresas intermediarias. Castigados con el tripalium si buscan alzar la cabeza, como los esclavos que osaban rebelarse al sometimiento de los marioneteros de todo poder. Amenazados con el regreso a sus propios desiertos de origen, allí donde la miseria es más honda aún y menos atisbadora de esperanzas.

El sociólogo de la Organización Internacional del Trabajo, Reinaldo Ledesma, definió que “a veces los mandan y los tienen ahí sin trabajar, y sin pagarles, esperando que salga la flor. Los sacan antes para tener asegurada la mano de obra cuando la necesiten y evitar que los contraten otras empresas”. A expensas absolutamente del sometimiento que permite la Ley 22.248 de la dictadura que avala la servidumbre laboral y que desde 1980 reemplazó al Estatuto del Peón de Campo de octubre de 1944, cuando se establecieron salarios mínimos, descanso dominical, vacaciones pagas, estabilidad, condiciones de abrigo, espacio e higiene en el alojamiento del trabajador.

Nidera, Monsanto, Pioneer, Donmario, Nuestra Huella son apenas algunos de los nombres de los manejadores de vidas a cambio de un salario mísero y un destino incierto. Donde organizaciones sindicales como la Uatre quedan vilmente asociadas a esa explotación y prolongan la agonía.

“Con hambre no se puede pensar, con hambre no se puede trabajar, antes del medio día, señor Gobernador, en los yerbales el hambre se siente tanto que nos cuesta el doble o el triple juntar el raído. De hambre nos estamos enfermando y muriendo”, recordábamos hace poco en estas páginas que decían los tareferos al gobernador Maurice Closs.

Después de todo, como dice Galeano, el mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.

http://www.pelotadetrapo.org.ar/agencia/index.php?option=com_content&view=article&id=4959&Itemid=0


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lunes, 10 de enero de 2011

Esclavos

Claudia Rafael  


El empleado del peaje lo vio y sintió que era la fotografía más cabal de un cristo abandonado a toda suerte. Con la morochez eterna en la piel, los ojos sesgados y el pelo renegrido estaba sentadito con el torso desnudo a un costado de la ruta 226, solo, con la vulnerabilidad que le asomaba por cada uno de sus poros. Cuando le preguntó qué hacía ahí y adónde pensaba viajar, él primero no entendió ese español que le resulta tan ajeno y a la tercera vez que le repitió, contestó tímidamente, como en un hilo de voz, que a Bolivia. Ya el turno del empleado había terminado, lo cargó en su auto y lo llevó hasta el barrio boliviano de la ciudad, a miles de kilómetros de su tierra. Recién con los suyos y en quechua todos pudieron ir uniendo las piezas desperdigadas del rompecabezas de su historia. Que se llamaba Waldemar, que tenía 17 años, que habían sido duros días de trabajador quintero, traído quién sabe por quién y cuándo, que los métodos de control eran férreos y denigrantes, la paga irregular y que quien sabe de dónde había sacado la osadía para birlar la atención de los capataces al empezar aquella tarde a caminar hasta llegar al peaje. Indocumentado, cansado, totalmente desorientado y sin rumbo, representaba –sin imaginarlo, siquiera- a millones de waldemares esclavizados sobre la tierra.

Cómo saberse tan hermano de Ezequiel Ferreyra, pequeñito y frágil, devorado por los monstruos de la perversidad que lo llevaron a la no vida cuando lo arrojaron al trabajo esclavo escondido detrás de la promesa falsa de la empresa avícola Nuestra Huella. Cómo Waldemar habría de imaginarse que once años más niño que él, Ezequiel iría siendo carcomido en un martirio feroz de tanto manipular agroquímicos, de tanto respirarlos y meterlos lentamente en su piel, desde las mucosas.

Seguramente jamás escuchó en sus largos 17 años el nombre Nidera. Probablemente impronunciable para su quechua tan ajeno a palabras como traders exportadoras o como Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores. Palabras pertenecientes a un universo tan lejano a su pueblo del origen del que lo arrancaron un mal día para ofrecerle quimeras inalcanzables. No sabrá jamás por qué hay marioneteros de crueldad que ven crecer sus propias montañas de oro arrastrando a los waldemares y a los ezequieles al submundo de la esclavitud.

¿Acaso es posible comprender esa inmensa capacidad para la maldad, lección –diría Hannah Arendt- de la terrible banalidad del mal? ¿Es posible entender esa voluntad atroz de ser piezas fundamentales de un sistema de opresión?

Una pintura perfecta de ese sistema es el que se desnudó en un campamento en campos cercanos a San Pedro mientras las copas chocaban para brindar por un año lleno de paz y armonía. 130 personas, entre ellas 30 niños y adolescentes, ajenos al espíritu festivo fueron rescatados en condiciones que el médico Julio Caraballo, director de Bromatología de San Pedro, definió como semejantes a las de un campo de concentración. Y describió cómo un adolescente se bañaba con agua que sacaba de un recipiente de agrotóxicos.

Números en la estadística feroz de la trata de personas para explotación laboral. Sin nombre. Sin edad. Sin sueños. Sin vida propia. Sin un destino que torcer desde su propia voluntad.

Como Waldemar, ellos tampoco sabían dónde estaban. Tan fuera de su Santiago del Estero, esa tierra tan cansina y pobre pero suya. Simplemente fueron reclutados por Nidera –transnacional de granos- para trabajar en la cosecha del maiz “en la mejor empresa” para ser arrojados luego como esclavos indeseables en el campamento con la amenaza de que quien se fugase, cargaría con la mochila del castigo al resto de su cuadrilla de trabajo.

Dormían en trailers de chapa, hacinados de a veinte, con jornadas laborales de diez horas, sin luz ni agua potable, pagando puntualmente en cifras descomunales cada trocito de alimento que engullir: 80 pesos, la bolsa de papas; 65, la de cebollas; 8, un kilo de pan viejo o 35 por un paquete de fideos con el logo del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia.

Eran el ejército de producción en serie de un sistema macabro que sólo engorda los bolsillos de los poderosos. De los que ríen obscenamente desde sus pedestales mientras tantos otros miran distraídamente hacia otro lado.

Son los waldemares y los ezequieles, descartables por origen y portación de historia. Los expoliados en esta tierra asentada sobre las bases de la inequidad y la desidia. En donde termina transformándose en natural la ferocidad de unos pocos, manipuladores expertos que juegan a un juego atroz, en donde siempre las víctimas son los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada.

Fuente: Página 12 - Edición: 1929

http://www.pelotadetrapo.org.ar/agencia/index.php?option=com_content&view=article&id=4928:esclavos&catid=36:notas-en-el-home&Itemid=107


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martes, 4 de enero de 2011

Migraciones y crisis mundial

Luiz Bassegio,  Luciane Udovic


La actual crisis que vivimos es una crisis profunda. Es una crisis del capitalismo y está basada en el modelo de sociedad que éste engendró. El capitalismo hizo que la gente piense que unos debían competir con los otros para generar el progreso, cada persona buscando solamente sus intereses, su lucro, su poder. Esta manera de vivir transformó todo en mercancía para comprar y vender, incluyendo el trabajo, las ideas, los conocimientos, las tecnologías. Incluso las personas son transformadas en mercancías, o sea, sirven en cuanto producen, después son descartables.
 
Para servir a los intereses del capitalismo, miles de personas son trasladados de un sitio al otro, de un país a otro; los inmigrantes son bienvenidos hasta el momento que son útiles a los intereses de los capitalistas.
 
Más de 200 millones de personas viven fuera de sus países de origen, según las cifras de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). En 1960, las mujeres representaban 46,6 % del total de inmigrantes internacionales. Hoy, las mujeres constituyen el 50,5% de los inmigrantes precedentes de América Latina y Caribe.
 
Más de 30 millones de personas han  migrado dentro y fuera de América Latina y el Caribe en las últimas dos décadas, lo que constituye cerca del 5% del total de la población de esta parte del continente. En algunos países como Bolivia, El Salvador, Haití y Nicaragua los y las emigrantes superan el 20% del total de la población, mientras que en otros países como Ecuador, Guatemala, Honduras, Perú y Uruguay representan más del 10% del total de sus habitantes.
 
Alrededor de 5 millones de personas han sido desplazadas dentro de sus propios países o solicitaron refugio en otros países por razones de violencia política o conflictos armados.
 
Fenómeno complejo y contradictorio, las migraciones son un hecho político porque denuncian el modelo de desarrollo que no prioriza las personas sino al capital, principalmente el financiero; cuando denuncia  la concentración de la riqueza, de la tierra y del poder y denuncia las restricciones que se ponen a las personas  para migrar (muros, policía, persecuciones, leyes restrictivas).
 
Los migrantes se constituyen en la interpelación más fuerte y más evidente del actual proceso de globalización. Tal proceso tiene dos marcas que los migrantes cuestionan fuertemente: es concentrador y excluyente.
 
Las causas tienen que ver con el empobrecimiento, la desigualdad social  y las formas de exclusión propias de un modelo económico fallido; todo eso explica la razón por la cual migrar no es una opción, sino una necesidad que se asume de manera forzada; las políticas económicas, sociales y culturales, base de la actual globalización, impiden un desarrollo humano y sostenible desde los propios intereses y necesidades de todas las sociedades. La acción de las empresas multinacionales, la deuda externa, la pérdida de soberanía alimentaria, el comercio injusto, la expoliación de los recursos naturales y los conflictos armados son causas de que las personas se vean forzadas a desplazarse y emigrar, tanto hacia el Norte como entre países del Sur. Hay diversas formas de persecución, que están obligando a millones de personas a tener que salir de sus sociedades de origen como la persecución por razones de género, orientación sexual, raza, religión y la vulneración de derechos.
 
La migración es un proceso que tiene lugar, en este momento, en el marco de la globalización y no puede ser analizado fuera de ésta. No se debe,  por tanto,  abordar como un tema exclusivamente de fronteras o de “puertas adentro”, sino que es un proceso económico, político, cultural y social relacionado directamente con los efectos que el modelo capitalista neoliberal impuesto genera mundialmente.
 
Hay que denunciar todas las tentativas de imputar a los inmigrantes la culpa de la crisis actual. Los migrantes no son un problema, problema son las causas que provocan las migraciones y no será con más de lo mismo que la crisis será superada, no va a ser con menos derechos, sino con más derechos que la superaremos.   Hay que pensar un nuevo paradigma de desarrollo que respete la madre tierra y los derechos de las personas migrantes.

Luiz Bassegio y Luciane Udovic integran la Coordinación Continental del Grito de los Excluídos/as.

- Este articulo está incluido en  la edición No. 460 (noviembre de 2010)  de la revista América Latina en Movimiento, sobre "Migraciones: Hacia la ciudadanía universal" -(http://www.alainet.org/publica/460.phtml)

http://alainet.org/active/42313




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lunes, 14 de junio de 2010

Europa cerrada

Parece hipócrita la tenacidad con que Europa procura evitar la llegada de inmigrantes africanos cuando no son otra cosa que el residuo patético de sus correrías coloniales durante varios siglos. ¿Acaso espera Europa que después de saquear África despojándola de su cultura, de sus recursos materiales y humanos, de inyectarla con su fiebre perniciosa de consumo pueda hacer frente al nuevo milenio como un castillo artillado en cuyo interior todos son felices mientras fuera solo hay hambre y desesperación?

En el cuento de Edgar Allan Poe “la máscara de la muerte roja” se simboliza la inutilidad del intento del príncipe de encerrarse en su palacio a dar fiestas hasta que pase la peste. La muerte acabó entrando igual.

Europa es rica gracias, en buena medida, a todo lo que se llevó de África. ¿Esperan acaso que los africanos hambrientos se queden padeciendo la miseria de sus atrocidades mientras las sociedades europeas disfrutan de altos niveles de vida?

¿Creen que es tolerable que quien les robó, mató y violó durante siglos vengan ahora a pontificar y darles lecciones sobre moral internacional y derechos humanos?

¿No recuerdan, ingleses, las masacres de Kenya?

¿No recuerdan, franceses, cuánto robaron de Dakar y de Costa de Marfil?

¿No recuerdan alemanes, los campos de concentración de Namibia y los cráneos del pueblo hebreo diezmado que aún conservan en el museo de medicina de Berlín?

¿No recuerdan, belgas, sus atrocidades en el Congo?

¿No recuerdan, portugueses, sus mortíferas excavaciones en busca del oro de Angola, sus cacerías de esclavos en Mozambique?

¿No recuerdan, españoles, sus desmanes y atropellos con los indígenas de Sudamérica?

¿No fue vuestra codicia, europeos, lo que regó de tanta sangre de niños inocentes los diamantes de Sierra Leona? Y ahora se permiten el lujo de repeler estas barcazas de desesperados, de encerrar y deportar a estos seres humanos que llegan a sus costas y afean sus bonitas playas mediterráneas.

Si Europa fuese consecuente con sus propias políticas de derechos humanos, tendrían que acoger con los brazos abiertos a los africanos y sudamericanos y suplicarles perdón de rodillas ofreciéndoles compartir algo de lo que se llevaron de sus tierras.
Y lo curioso es, que estos seres humanos desesperados no piden lo que les correspondería ni la devolución de lo que les pertenece. Apenas piden las migajas de una limosna, vender baratijas en las plazas, repartir diarios o limpiar automóviles, y aún así no los quieren…

Demasiado doloroso el espectáculo, demasiado triste que en el centro de vuestra gran civilización se muestren los rostros oscuros de las víctimas que la hicieron posible.

Vuestra ceguera es admirable. Vuestra hipocresía criminal. Vuestra bajeza formidable.

Mediten largamente sobre lo que están haciendo, europeos. Ustedes, hacedores de la historia, serían estúpidos si olvidasen sus enseñanzas. Todo el poder de Roma no impidió su caída a manos de los bárbaros.

Despertad de vuestro sueño torpe y egoísta. El mundo grita desesperado en torno vuestro. ¿Cuánto tiempo más podrán fingir no escuchar? Europa desea permanecer cerrada mientras un África saqueada hasta la saciedad se desangra…igual que nuestra América Latina, igual que el oriente de segunda…

Seguramente, algún día, Europa abrirá su corazón y sus puertas. Seguramente aprenderemos algún día a tratarnos los seres humanos como iguales, de no ser así, estaríamos aceptando los distintos genocidios ocurridos a lo largo de la historia, como hechos normales.

Entonces… ¡pobre de Europa cuando China le eche mano (y la echará…!)
¡Pobre EEUU cuando China le eche mano (y la echará…!)
¿Habrá africanos que deseen defenderla? ¿Habrá latinoamericanos que deseen defenderla?

Mirémosles a los ojos. Descubriremos la grandeza de sus almas. Haremos un mundo mejor y más justo. Empecemos hoy mismo a intentarlo. ELLOS LO MERECEN.

(Reflexión anónima que corre por la red en forma de PPS, editada por Paz Rosales)


martes, 26 de enero de 2010

Derechos y derechas

Rafael Fernando Navarro

Mariano Rajoy se ha convertido al humanismo. Se ha revuelto contra la burocracia y coloca al ser humano en la cúspide de su jerarquía de valores. El implantó la obligatoriedad del empadronamiento cuando era ministro. Pero eran otros tiempos. Cuando aún no había sufrido la caída del glorioso período del aznarismo, cuando galopaba a lomos de quien sacaba a España del rincón de la historia, cuando consentía en la decisión de invadir Irak y llevaba en la cartera la foto de las Azores como recuerdo del momento más importante de los últimos doscientos años de nuestra historia. Entonces era lógica la necesidad del empadronamiento. Pero la evolución intelectual y espiritual de Mariano Rajoy le ha llevado a colocar el valor de lo humano por encima de todo. Nuestros inmigrantes, por el hecho de ser personas, tienen derechos irrenunciables a la sanidad y la enseñanza y nadie, en nombre de un papeleo infame, puede regatear esos derechos.  El empadronamiento decretado por Rajoy pertenece a la época de la estadística como elemento que deja en la sombra la grandeza de lo humano. Este converso arrepentido de su pasado apoya la iniciativa de Vic y Torrejón (que también se han integrado a regañadientes en la legalidad) y proclama que ciertos derechos humanos (quede claro que no todos) deben ser tenidos en cuenta como referentes supremos.

Pero no cabemos todos. Nuestra capacidad de acogida no es infinita. Nuestro egoísmo, sí. Y por eso los inmigrantes deben firmar un contrato de integración y   deben aceptar nuestras costumbres,  nuestros valores y nuestra lengua. Así se evitará que la delincuencia sea una consecuencia de la inmigración. Aprenderán de los españoles que no robamos, no matamos, no tenemos violencia de género y oramos al Dios trino, único y verdadero.

San Rajoy converso ora pro nobis.

“No podemos ir por el mundo impartiendo lecciones de derechos humanos”. Lo ha dicho Isabel San Sebastián. No hay por qué conceder a los extranjeros los derechos de sanidad ni educación. Sólo debemos atender en nuestros hospitales a quien acuda en un estado de extrema gravedad, como en Francia o Inglaterra, donde hay órdenes de no atenderlos a menos que se trate de una emergencia. ¿Por qué vamos a ayudar a parir a una ecuatoriana con aire acondicionado y asepsia? Le deben bastar unos pañales de cartón y  el quirófano-cajero-bancario. ¿Qué un subsahariano se rompe el fémur?  Ferretería y superglú.  “Creemos unos ambulatorios especiales con tarjetas anónimas y restrictivas como en Italia”  “No tenemos nada que aprender de nadie, nada que copiar de quienes redactaron la célebre Declaración Universal y recorrieron este camino antes. A nosotros va a enseñarnos Europa lo que hay que hacer con los inmigrante. ¡Qué formidable liderazgo! Esto sí que es democracia, y no lo de nuestros inhumanos vecinos!", ironiza Isabel.

Condenemos la posibilidad de abortar, luchemos contra el respeto a la homosexualidad, prohibamos el uso de lenguas que no sean el castellano. En ciertas cosas no  imitemos lo que va más allá de los Pirineos. En lo relativo a la inmigración,  seamos tan crueles como otros países.

Construyamos nuestros guantánamos, nuestros holocaustos carpetobetónicos, nuestras inquisiciones purificantes de raza.

Isabel y Mariano. La reconquista asoma por las bellas grutas asturianas.


Rafael Fernando Navarro
http://marpalabra.blogspot.com



viernes, 22 de enero de 2010

¿Cabemos todos?


Rafael Fernando Navarro

El egoísmo no diseña espacios vivificantes, sino excluyentes.

El amor agranda los espacios porque tiende a la proximidad, la cercanía, la fusión. El amor atrae y va creando espacio a las espaldas del amado. Funda así la posibilidad de que otro encuentre el hueco creado y creador para existir en la cercanía. Cabemos más en la medida en que amamos y posibilitamos la existencia de otros a nuestro lado.

Con respecto a la inmigración, Alicia Sánchez Camacho recurre a la vieja pregunta que lleva dentro la respuesta: ¿Cabemos todos?  Una interrogante que brota de la despreocupación por el otro, de la conciencia explícita de abandono del otro, del egoísmo que ve en el otro un invasor capaz de privarnos de los que somos y tenemos. ¿Soy yo acaso el responsable de mi hermano, sobre todo si ese alguien ni siquiera llega a la categoría de hermano? 

España sabe mucho de dominio ejercido a lo largo de la historia. En dominio se convirtieron nuestros descubrimientos, nuestras colonias, nuestros protectorados. Estos son nuestros poderes. Los hemos exhibido a lo largo de la historia. Construimos, es verdad. Pero sobre las ruinas de lo que antes habíamos derribado. Nos enriquecimos. Lo demostró el gran Ramón Carande en su obra “Carlos V y sus banqueros”  No se trata de flagelarnos. Pero hemos de ser serenamente conscientes de una realidad que está ahí y de la que deberíamos sacar más de una conclusión.

El egoísmo no diseña espacios vivificantes, sino excluyentes. El otro debe permanecer a las afueras de las fronteras que hemos construido para que nadie desde el exterior pueda contaminarnos. Tenemos miedo a la creación de mezquitas, a la islamización, al ataque a nuestros valores. En nombre de esos valores hemos cometido verdaderas aniquilaciones, cruzadas destructoras, inquisiciones aberrantes. Pero son nuestros valores. Y los defendemos sin plantearnos su validez actual. Los Obispos nos previenen contra la laicidad o contra el advenimiento de una religiosidad ajena a nuestro pasado. Porque España o es cristiana o deja de ser España. Aznar-mitrado, Cañizares-príncipe, Rouco-presidente proclaman nuestro origen vinculado a la Iglesia una y única y no contemplan otro futuro que no sea permanecer bajo el palio tutelar del Vaticano. Confunden cristianismo con cristiandad. Pero eso responde sólo a las turbulencias mentales de un ex-presidente carente de proyectos creadores, profeta de balcanizaciones y Españas disueltas y a unos Obispos anclados en la posesión absoluta de la verdad.

El hambre está ahí. La falta de educación, de sanidad, de agua, de cultivos con salida al mercado, están ahí. El sida, promovido por imposiciones morales exigidas en nombre de Dios, está ahí. Africa carga su muerte en la patera y supera el oleaje de angustia o se ahoga en su propia destrucción. Lo saben cuando emprenden el viaje. Pero más que la vida vale el pan, el agua, el trabajo,  la vivienda, la universidad. Con la muerte ya cuentan. La tratan amistosamente cuando engendran niños que no llegarán ni siquiera a la adolescencia.

¿Cabemos?  Sí, señora Camacho. Cabemos si abandonamos nuestros miedos, señores Obispos. Nos sobra espacio si no envenenamos con xenofobia las conciencias sencillas de muchos ciudadanos. Cabemos si hacemos del otro el valor supremo. Si nos bajamos de nuestro complejo de superioridad. Cabemos, señores de pectorales brillantes, si hacemos del cristianismo la plaza grande donde cabe el mundo. El mundo real que nosotros mismo hemos fabricado y que frecuentemente es consecuencia de nuestro egoísmo.

Cabemos todos si somos capaces de fundirnos para crear espacios donde crezcan amores negros, calientes de mate y poncho, ojos rasgados como lunas menguantes.


Rafael Fernando Navarro
http://marpalabra.blogspot.com


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