Mostrando entradas con la etiqueta Pepcastelló. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pepcastelló. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de mayo de 2011

Ni justicia ni venganza sino crimen

Pep Castelló


El Imperio asesina a quien le conviene sin más fin que el de alcanzar sus objetivos.

A partir de la lectura del artículo “No se ha hecho justicia, sino venganza” que Leonardo Boff nos ofrece en su columna esta semana y al amparo de cuantos comentarios y observaciones he tenido a mi alcance, se me ocurre que más allá de la “venganza” argüida por Bush y la pretendida “justicia” de Obama, lo que hay ahí es una tremenda degradación de los más elementales principios en la sociedad norteamericana. Porque por más que ambos dispongan de una cobertura mediática difícil de neutralizar, el pueblo tiene motivos más que sobrados para saber que ambos son un par de redomados embusteros.

Hay signos más que evidentes para pensar que el crimen perpetrado en esta ocasión por el Imperio no tiene otro fin sino el de despertar el terror y los peores sentimientos de la ciudadanía, para crear con ellos una corriente de opinión favorable a los voraces intereses de quienes rigen la sociedad norteamericana. Crimen y mentira urdidos desde las más altas instancias de la nación. Una muestra más de la falta de ética de quienes rigen ese gran país y de quienes les dan soporte.

El país más poderoso militarmente del mundo está gobernado, tanto en el orden político como en el económico, por criminales de la peor calaña. Descendientes de una estirpe de genocidas que tras masacrar a los pueblos originarios se apropiaron de las tierras que habitaban, no han hecho todavía a lo largo de los años un proceso de reflexión colectiva que les lleve a plantearse unos principios mínimos de convivencia. Y así, con un desprecio absoluto de cuanto no sea favorable a su triunfo, cual jauría de depredadores siguen devastando la tierra y sometiendo a sus moradores.

Nada cabe esperar de semejante gentuza ni de quienes a su lado se colocan, como no sean los principios morales más aberrantes que puede concebir la mente humana. Defensores a ultranza de la propiedad privada, sin parar mientes en los orígenes y procedencia de sus bienes, han hecho leyes que aseguren la posesión de los mismos y han organizado la sociedad y el estado de forma que les permita usar toda la fuerza represiva que les convenga contra quienes se atrevan a cuestionarlas.

Lo deplorable, lo verdaderamente nefasto es que hayan sido capaces de introducir los principios de su abominable doctrina en la mente de la ciudadanía, de la propia y de la de aquellos países que han ido cayendo bajo su influencia. Con la capacidad de difundir mentiras y secuestrar las mentes que los modernos medios de comunicación de masas les han brindado durante el pasado siglo XX y les ofrecen aún en el presente, están imponiendo su ideología a lo largo y ancho de nuestro planeta. Su permanente apología del triunfo, comparable por sus nefastos resultados con la del terrorismo, embarga el pensamiento de las gentes en todos los ámbitos de dominio de sus poderosos voceros, los “mass media” que invaden el mundo entero.

Sin el menor rasgo de moral y ni un ápice de escrúpulos y con el sostén de una poderosa fuerza militar y represiva, no paran de ejercer acciones que aumentan día a día el copioso número de seres humanos que viven en las condiciones más adversas. Gentes diversas, pertenecientes a culturas y sociedades bien lejanas de la nuestra, ven hoy sus principios confrontados de continuo con los de las sociedades supuestamente triunfadoras. Y así, invadidos sus territorios, despojados de sus tradicionales medios de vida por la fuerza bruta de las clases poderosas, van a estrellarse contra los escollos de esta deplorable civilización occidental cristiana, atraídos por falaces cantos de sirena, formando capas cada día mayores de población excluida.

Malditos sean mil veces quienes tanto daño están haciendo a la humanidad y malditos sean también quienes para medrar les dan soporte. Y a quienes se lo dan por simple estulticia, llégueles cuanto antes la más humana de las compasiones y, con ella, la Luz necesaria para iluminar sus mentes.


http://www.kaosenlared.net/noticia/ni-justicia-ni-venganza-sino-crimen



REGRESAR A PORTADA

jueves, 5 de mayo de 2011

Opresores y oprimidos

Pep Castelló


Llegó el Uno de Mayo, fecha histórica para la clase obrera, pero ignorada por la mayor parte de quienes viven de un sueldo. Una ignorancia que da el triunfo a quienes oprimen, pues el opresor triunfa solamente cuando el oprimido acepta la opresión sin resistirse.

Muchos son los recursos de que han dispuesto a lo largo de los siglos las clases opresoras. Desde la más primitiva fuerza bruta, hasta los más sofisticados instrumentos elaborados por la moderna tecnología. Desde la bola de hierro sujeta con grillete y cadena al tobillo del esclavo hasta esos sofisticados teléfonos móviles llamados BlackBerry (cereza negra) en recuerdo de cómo denominaban los esclavistas a aquel denigrante aparejo, según reza una nota que circula por internet.

Aparte de la ordenación jurídica de la sociedad bajo principios de flagrante desigualdad, el mayor gran logro de las clases opresoras consistió en poner al alcance de las clases oprimidas bienes de consumo similares a los suyos, para de ese modo hacerles creer que se habían zafado de la esclavitud por el solo hecho de haber alcanzado una cota de bienestar satisfactoria. Así, la persona asalariada olvida que trabaja para beneficio de los amos y piensa que lo hace para el suyo propio. Craso error que descubre tan sólo cuando se queda sin trabajo; cuando nadie le contrata; cuando vive en propia carne que todos los recursos necesarios para vivir están en manos de los amos.

No hacen falta muchas luces para ver que seguir hoy con la idea de clase que se tenía a final del siglo XIX y comienzo del XX es un error. En tanto que en aquel entonces la opresión era clara, porque el obrero sufría en propia carne las condiciones salvajes a que lo sometían las clases opresoras, hoy la opresión es difusa y abarca incluso a quienes forman las capas de población laboral privilegiada, esa que para nada se considera obrera y que mayoritariamente ha estado siempre de parte de los amos. Hoy debe ser considerada clase oprimida a todas las capas de población que de un modo u otro estén sometidas a los intereses de las clases dominantes. En consecuencia, debe ser tenido por enemigo del pueblo a todo aquel que se ponga del lado de las capas sociales allegadas al poder, ocupe el lugar que ocupe en el estrato social o en la cadena de producción.

Detectar y tener presente el lugar que ocupamos en esas relaciones de poder es una ardua tarea que la ideología dominante pone buen empeño en dificultar. Conscientes de que es lo único que puede darnos conciencia de pueblo, quienes gobiernan movilizan cuantos recursos tienen a su alcance para impedirlo, desde ordenamientos jurídicos y acciones de fuerza bruta hasta los más sutiles procedimientos de seducción y engaño. De aquí que la lucha no deba limitarse a defender mejoras salariales o de condiciones de trabajo sino que debe tener por objetivo principal liberar las mentes, desligar el pensamiento colectivo del que de forma sibilina ha ido configurando el capitalismo.

Sin ánimo de desmerecer el hondo significado litúrgico del Primero de Mayo, es necesario tener presente que hoy no es tan solo la clase obrera la población oprimida, sino que lo es el pueblo entero. Sabemos bien que el sistema económico al cual sirven quienes nos gobiernan está poniendo en riesgo la vida en todo el planeta, luego ya no es cuestión de relaciones laborales, sino de relaciones de poder a la hora de tomar decisiones de gobierno. Esa es la batalla del presente y por ella hay que movilizar al mundo entero, sea de la condición social que sea, tenga el estatus económico que tenga.

Porque es necio seguir adorando esa idea de riqueza que por momentos nos destruye, resulta esperanzadora esa movilización de iglesias de base de ámbito ecuménico que recientemente se anuncia a nivel mundial. Las religiones han tenido a lo largo de los tiempos una gran capacidad de movilización que en buena parte mantienen. Las Iglesias cristianas tienen aún hoy una gran organización y un ideario ético-espiritual que, si bien se mira y no se tergiversa, es acorde con los intereses de la humanidad entera. Hora es ya de que quienes se sientan seguidores del mensaje evangélico se muevan desde las bases con suficiente conciencia y firmeza.

Nada cabe esperar hoy de las organizaciones allegadas a los poderes terrenales, ya sean gobiernos, sindicatos o instituciones eclesiásticas. Hoy como ayer la batalla hay que darla desde abajo. Nadie que esté a favor de los de arriba puede decir que está con el pueblo. Y al contrario, quienquiera que sea que se enfrente a los de más arriba, sea cual sea su ideario, debe ser tenido por aliado.

http://www.kaosenlared.net/noticia/opresores-y-oprimidos


REGRESAR A PORTADA

lunes, 18 de abril de 2011

Libertad falaz

Pep Castelló


Si alguna cosa buena tiene el abuso de poder es que quien lo sufre lo rechaza. En tanto que cuando la opresión se ejerce de manera discreta, la persona abusada apenas se entera.

En tiempos de la dictadura fascista que gobernó España durante casi cuatro décadas, fueron muchos los frentes que se abrieron para combatirla. Luego, cuando el viento de la libertad barrió de la piel de toro la negra sombra de los malos recuerdos, cada cual tiró por su lado y la lucha se fue al garete. “Contra Franco luchábamos mejor”, hubo quien dijo durante algún tiempo en tono de añoranza. Más tarde ya ni eso, ni siquiera ese simple lamento recordaba la lucha sostenida, pues el abandono se había instalado por completo en las conciencias. La libertad había triunfado, la lucha había terminado.

A partir de lo que se convino en llamar “transición a la democracia”, una capa de barniz en la parte visible de la administración pública sirvió para generar la ilusión de que se había producido un profundo cambio. Pero unas bien establecidas normas actuaron a modo de barrera para tener alejado al pueblo de donde no convenía que tuviera acceso. Instalada en los diversos aparatos de representación y gobierno la mayor parte de quienes participaron en la lucha contra la dictadura, el sentido de lo socialmente justo fue declinando hasta prácticamente desaparecer. En los más de los casos cada organismo se convirtió en un fin en sí mismo y los intereses de quienes los regentaban y constituían se antepusieron a los de quienes en principio debían servir.

Esta nueva forma de organización estatal dejó claro que el verdadero enemigo no era tanto la dictadura como la sumisión de los poderes públicos a los intereses de las clases dominantes. Prueba de ello es que el pueblo español siguió sumido en el más absoluto infantilismo social. Votaba cuando se lo ordenaban, pudiendo elegir entre lo que previamente habían elegido quienes blandían el poder. Podía gozar de lo que generosamente le daban quienes gobernaban, a condición de aceptar y callar lo que no se debía discutir. La clase política y la administración pública seguían diciendo qué es justo y qué no, exactamente igual que se hacía en los tiempos de la dictadura fascista. Pero eso sí: bajo un sistema democrático, no dictatorial. Oficinas de atención al público en abundancia. Reclamaciones rigurosamente reguladas. Total libertad de expresión, mientras no se hiciese apología de la subversión o del terrorismo. Derecho a la manifestación pública y a la huelga, aunque -¡eso sí!- debidamente controladas por los organismos de gobierno y por los sindicatos colaboracionistas. ¡Pura democracia!

Tanta libertad y tanta democracia nos habían sido instauradas, que no hacía falta que nos ocupásemos de nada. En tanto que pueblo, íbamos a ser debidamente informados de cuanto acaecía en la esfera pública. No como antes, en los negros años de la dictadura. Ahora, en plena democracia, la información iba a ser abundante, muy abundante y amena. Aunque, como era previsible, nos la iban a dar unos medios de comunicación tan afines al poder como lo fueron los de antaño.

Justamente esos medios de “comunicación” hábilmente manejados han sido lo que más ha contribuido a instalar en la mente del pueblo esa falaz idea de libertad que ahora nos ocupa. Somos súbditos de un estado democrático que garantiza las libertades otorgadas a la ciudadanía (siempre y cuando éstas no entran en conflicto con los intereses de los poderes fácticos). Podemos ir a placer de un lado para otro sin que nada nos lo impida. Gozamos de un nivel de vida envidiable. Formamos parte del mundo rico sin necesidad de asegurar nuestro bienestar con ninguna clase de servicio personal, pues organismos y gente hay ya que se ocupan de ello. Vivimos casi en el Paraíso... ¿Qué más queremos?

Tanto bien y tanta felicidad al alcance de la mano nos han vuelto muelles e irresponsables como menores de edad. Instalados en una forma de vida en la que prima el individualismo, hemos abandonado el sentido de solidaridad y nos hemos disgregado en tanto que pueblo. Hemos dejado que quienes gobiernan cuiden de nuestros derechos, como si la tarea de velar por ellos fuese renunciable. Y ahora empezamos a vislumbrar que lo que cuidan quienes gobiernan son sus intereses y los de quienes les garantizan el poder. ¡Lógico! ¿Cabía esperar otra cosa?

La verdadera libertad empieza con la liberación del pensamiento. Librar el pensamiento colectivo de la tutela mental de quienes nos manejan es la primera de las tareas que se deben afrontar. Pero no es fácil. Son muchos años de sumisión mental, de infantilismo celosamente cultivado. La madurez social no surge sola, como las flores en primavera, sino que requiere una tarea de crecimiento humano colectivo que no se improvisa. Sin ella, todo intento de rebelarse contra el poder está destinado al fracaso. La pregunta clave es: ¿cómo hacer para desarrollar en el pueblo esa sana facultad de reflexionar que la ambición y la codicia de las capas sociales económicamente fuertes llevan ahogando, ora con sangre ora con libertad falaz, durante tanto tiempo?

http://www.kaosenlared.net/noticia/libertad-falaz


REGRESAR A PORTADA

domingo, 10 de abril de 2011

Pueblo, ¡DESPIERTA!

Pep Castelló


A veces se me ocurre pensar cómo sería la historia si, desde tiempos inmemoriales, en las grandes batallas la tropa hubiese girado sobre sus talones y en vez de enfrentarse al enemigo hubiese lanceado a quienes los empujaban a la muerte. Pero no, no fue así, sino que fue como ya sabemos.

Desde los más remotos tiempos, con la sangre del pueblo se han disputado el poder caudillos, reyes, emperadores y tiranos de todo orden. Rara vez a lo largo de los siglos esa sangre ha servido para liberar al pueblo que la derramaba y hacerlo dueño de su destino, sino que a lo sumo le ha cambiado un amo cruel por otro que en principio no lo parecía tanto, como fue en su día la sustitución de la aristocracia por la burguesía, o la dictadura fascista española por nuestra ejemplar democracia. En los más de los casos, tras esos “cambios”, los nuevos amos o quienes les sucedieron siguieron abusando del pueblo, explotándolo y esclavizándolo.

Posiblemente habrá quien tilde de obvio el párrafo que antecede. No importa, pues a menudo se tiende a olvidar lo que conviene mantener vivo en la memoria si no se quiere seguir siendo víctima de la ambición de quienes esgrimen el poder. Para su propio bien, el pueblo debe tener presente el mucho sudor y la mucha sangre que han costado a la clase obrera toda esa riqueza que hoy siguen manejando a su antojo quienes ningún sufrimiento tuvieron que tributar por ella.

Ignoro como sería en las sociedades cazadoras y recolectoras, pero desde que hay memoria, la gloria de los fuertes se ha basado en el sufrimiento de los más débiles. La violencia y la crueldad han sido las bases de todos los poderes y los cimientos de las actuales civilizaciones. Las migajas de riqueza y bienestar que el poder reparte entre quienes mejor le sirven han sido y siguen siendo el motor de la historia y a modo de zanahoria colgada en la punta del palo han servido y sirven para manejar al pueblo según conviene a quienes a lomos de él cabalgan cual si de un borrico se tratara. “Dame pan y dime tonto” ha sido y sigue siendo el eslogan de los pueblos que han vendido su dignidad por sendos platos de lentejas. ¡Así nos va!

Grande ha sido el avance tecnológico de la humanidad en el último siglo, pero muy poca la evolución de la naturaleza humana en los miles de años que llevamos de historia. Y no nos hagamos ilusiones, que tampoco han sido grandes los progresos en el orden político-social. Vasallos eran nuestros tatarabuelos de los tiranos de su tiempo y vasallos somos nosotros, ahora, de los actuales. Las leves diferencias de forma que hay de entonces acá no dan lugar a entonar himnos de gloria a esta civilización occidental cristiana de la cual somos parte, ni tampoco al resto de la Humanidad.

La miseria moral del ser humano actual se hace patente con la permanente vigencia de aquella vieja ley mosaica: no matarás, no robarás, no mentirás, no codiciarás... Hoy seguimos matando, robando, mintiendo, codiciando... Quienes nos gobiernan saben de nuestras flaquezas y actúan conforme a ellas, de modo que matan y roban y mienten y codician con nuestro tácito consentimiento. Saben bien que en ningún momento los vamos a censurar sino al contrario, que por el beneficio que nos trae aceptaremos su injusticia para con los más débiles, sus conductas criminales para con los demás pueblos. Después de miles de años de civilización, no nos regimos por humanos principios sino por espurios beneficios. Así de triste es.

De vez en cuando se produce en la historia algún acontecimiento que aparentemente sirve para abrir los ojos de quienes por sistema permanecen con ellos cerrados. Pero no hay cuidado, que a poco la ceguera vuelve a dominar el panorama social y quienes por un momento pudieron vislumbrar alguna tenue luz vuelven rápidamente a la confortable oscuridad de la caverna. Los amos no tienen que temer, pues el pueblo sigue ciego a placer, como si de esa ceguera dependiese su mayor bienestar.

El mundo se nos cae a pedazos por el maltrato que le dan la insensatez y la codicia del sistema. Talados los bosques, envenenadas las aguas, contaminado el aire, llena la tierra de radiactividad... El cuerpo enfermo de la Madre Naturaleza “no resiste más”, como cantaba el viejo tango de César Vedani “Adiós muchachos”. Pero la gente sigue ahí, dócil, mansa, obedeciendo las normas del juego que dictan los políticos, sin organizar resistencia alguna a su barbarie, entregando la vida a la mayor gloria de quienes nos maltratan y explotan.

¡Ah, pueblo, pueblo, qué falta de conciencia! ¡Qué poca dignidad! ¡Qué ausencia de bravura! ¿Para cuándo esa auténtica revuelta y ese justo lanceo de quienes nos empujan a la muerte?

http://www.kaosenlared.net/noticia/pueblo-despierta


REGRESAR A PORTADA

domingo, 3 de abril de 2011

¿Rebelión y nada más? Mal camino para la libertad

Pep Castelló


¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD! Bello grito que halla eco en la perversa maldad.


Que nadie se confunda, que no estoy diciendo que la rebelión y la lucha no sean necesarias. Sólo que...

Ser libre no es gratuito. La libertad no se da, ni se proclama, ni se impone, ni se gana en la calle ni en el frente. La libertad se construye día a día en lo hondo de la mente, en el propio corazón con el propio pensamiento y con la forma de obrar. La libertad es esfuerzo, es trabajo, es dignidad, es justicia equitativa, es respeto, es pura fraternidad, es compasión amorosa y es solidaridad... O es pura palabrería que en nada ha de quedar.

Ser libre es un derecho natural del ser humano que no se da porque sí en un entorno civilizado. Eso que hoy llamamos civilización es lo contrario de lo que hay que entender por libertad, pues no es más que sumisión. Sumisión de unos a otros a cambio de protección y de un cuestionable bienestar. Un bienestar de injusticia, basado en la explotación de los pobres por los ricos, de los mansos por los violentos, de los inocentes por los malvados egoístas.

La sumisión es cómoda, pura molicie. No exige esfuerzo cuando se acepta de buen grado. Pero degrada, disminuye a la persona. Quien se somete renuncia a la mayor gloria del ser humano que es la capacidad de construir su propio mundo y su propio destino. Quien se somete abandona en manos ajenas la dignidad propia. La dignidad que otros pisarán para su mayor beneficio y gloria.

La libertad es inherente a la naturaleza humana. Es un acto de crecimiento humano, como lo es el crecimiento físico, solo que menos fácil. Porque para crecer físicamente basta con dejar obrar a la madre naturaleza, en tanto que para crecer humanamente hay que ponerle esfuerzo. Hay que aprender a pensar, a reflexionar, a cuestionar lo deseable y lo aparentemente cierto. Hay que madurar mentalmente, intelectual y afectivamente. Sin madurez mental no hay libertad posible.

La sociedad es una construcción humana. Si bien el ser humano es gregario, la sociedad de la cual somos parte no se ha hecho sola, sino que la hemos hecho por activa y por pasiva quienes en ella vivimos. Y esa sociedad injusta que hoy nos atenaza es el fruto del abandono que los individuos más débiles han hecho de sus derechos en manos de los más ambiciosos. El débil ha renunciado a la lucha y el fuerte lo ha sometido y esclavizado. De ahí que tengamos la sociedad que tenemos.

Mediante su estructura estatal, la sociedad debiera procurar el crecimiento mental de los individuos del mismo modo que lo hace con la salud y la enseñanza. Pero hace todo lo contrario. Actúa como los cultivadores de bonsái, evitando su crecimiento. Y no porque el crecimiento humano sea perjudicial para la buena marcha de la sociedad, sino porque lo es para los intereses de quienes se han apropiado del Estado y se benefician de la estructura social establecida.

Antaño decían los malvados usurpadores de derechos que un pueblo instruido podía ser un peligro para quienes lo gobiernan. Pues bien, ya han visto que no, que un pueblo instruido no es ningún peligro si se le “instruye debidamente”. La instrucción en materia de conocimientos “útiles” al sistema no dificulta en absoluto el secuestro mental de los individuos, ya que éste se ejerce por vía emocional. Así lo demostraron desde muy antiguo las grandes organizaciones religiosas y así lo prueban claramente y de ello da fe la dan la gran cantidad de personas que con un estimable nivel de instrucción profesan primitivas supersticiones de todo orden, incluidas las religiosas; que aun rigiendo su vida por principios éticos aceptables argumentan en favor de políticas criminales sin dar muestra de la menor racionalidad en sus argumentos; que creen a pies juntillas cuanto dicen los noticiarios a pesar de dar éstos muestras claras de estar falseando la verdad; que tragan sin la menor resistencia cuanto les llega por vía publicitaria; que adoptan conductas sociales contrarias al más elemental sentido común... En fin, la lista de contrasentidos e irracionalidades observables en nuestra bien instruida sociedad podría ser inmensa.

La libertad se fragua en el pensamiento. Sin pensamiento libre no hay libertad. De la importancia del pensamiento en el proceso de liberación humana da fe el hecho de que tanto en el ámbito político como en el religioso se haya perseguido con saña durante siglos a quienes cuestionaban el pensamiento establecido. Inquisiciones antaño y tribunales de “justicia” luego han destruido cuanta disidencia ha caído en sus manos. Cuando esa persecución no ha sido suficiente para garantizar los privilegios de las clases dominantes, se ha apelado al crimen, a los golpes militares y las dictaduras.

Hoy los métodos de aniquilación del pensamiento se han perfeccionado en grado sumo. La represión sanguinaria se ha suplido con ventaja por el secuestro mental. Un secuestro que mantiene a la inmensa mayoría de la población en un estado de inmadurez mental que alcanza hoy día cotas más que alarmantes. El grado de perfección y eficacia de quienes tienen a su cargo secuestrar las mentes de la población es extraordinario. La tecnología audiovisual les ofrece tantas posibilidades y el ser humano es tan proclive a la evasión, que permanecer incólume ante esta pandemia inteligentemente manejada es poco menos que una heroicidad.

La población mundial vive hoy bajo un permanente bombardeo ideológico. Mediante él, el capitalismo ha conseguido trastornar por completo la escala de valores que nos han hecho avanzar socialmente a lo largo de los siglos. Hoy día a la gente, y en espacial a la gente joven, no se le da la menor oportunidad de pararse a pensar. Se le llena el cerebro de ruido todos los días del año desde que despierta hasta que se acuesta. Distracción permanente; ni un instante para la reflexión. No es de extrañar pues que apenas haya quienes se interesen por temas de trascendencia social, que no haya organizaciones populares capaces de cuestionar el pensamiento dominante y enfrentarse al poder. Y no es de extrañar tampoco que por ese mismo medio que se secuestra mentalmente al pueblo se le pueda movilizar a conveniencia de los estrategas del imperio.

Sin más organizaciones cívicas que las destinadas a procurar distracción a quienes a ellas concurren, ¿cómo va el pueblo a descubrir el dominio mental de los opresores y a oponerse a sus criminales acciones? ¿Cómo se puede desarrollar en el pueblo el sentido de la responsabilidad mientras permanezca sumergido en esa nebulosa mental que tan bien manejan los dueños del mundo capitalista? Y sin organizaciones populares responsables ¿cómo construir eficazmente ese mundo mejor tan y tan anhelado?

Cierto que el pueblo es capaz de rebelarse, de insurreccionarse... Justamente lo estamos viendo estos días. Gente en la calle, principalmente joven, dando muestras inestimables de heroicidad. Pero no nos engañemos, que los tiranos no se van porque el pueblo se lo pida. Hacen como que se van, pero no se van. Se van unos y vienen otros. O se van los sanguinarios dictadores cuando el verdadero poder tiene con quien o con qué sustituirlos ventajosamente, como es el caso de sustituir una dictadura por una “democracia” al uso, algo mucho más peligroso porque el enemigo visible despierta rebeldía, en tanto que el invisible pasa inadvertido con mayor facilidad.

Quien esto escribe ve un futuro muy poco esperanzador a corto plazo, pues la experiencia enseña que pese al inestimable valor de la rebeldía, el pueblo mentalmente obnubilado, disgregado y sin una firme cohesión organizativa, siempre ha sido manipulado y finalmente dominado. Quizá si nos pusiésemos a trabajar de firme...

http://www.kaosenlared.net/noticia/rebelion-nada-mas-mal-camino-para-libertad


lunes, 28 de marzo de 2011

Gobernantes viles para pueblos sin conciencia

Pep Castelló


En marzo de 2011, el gobierno español que preside Rodríguez Zapatero se ha unido a la cuadrilla de asesinos que bombardea Libia, como en marzo del 2003 lo hizo Aznar para atacar e invadir Irak. ¿Será el sino de este mes guerrero que nos persigue o será la vil condición humana de quienes gobiernan este rincón del mundo llamado España?

Pese a las muchas mentiras que ambos gobiernos difundieron y difunden a través de los medios que controlan, no hay otra razón que justifique dichos actos de guerra como no sea la codicia de los ricos y la voracidad de quienes en su nombre gobiernan las naciones atacantes.

El resultado de la “Guerra de Irak” es de dominio público. Muerte y desolación entre la población civil, acciones criminales a mansalva, rapiña del petróleo, dominio militar de la zona para el imperio USA y beneficio económico para sus empresas y las de sus aliados y servidores. El de esta de Libia que ahora empieza cabe suponer que no diferirá en mucho. Una vez más el pueblo humilde será inmolado en bien de la economía de los ricos, del beneficio de las clases privilegiadas.

Y por dos veces consecutivas ahí estará nuestra católica España, “Reserva Espiritual de Occidente”, según pregonaba el nacionalcatolicismo en tiempos de la dictadura del invicto Generalísimo Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios, bendecido por la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, paseado bajo palio por la clerecía española en las procesiones y visitas oficiales a templos y santuarios. Y ahí estarán también silenciosos, sin la menor muestra de protesta, esas multitudes católicas que tanto se agitan y manifiestan cuando de pedir prebendas para su Iglesia se trata; que tanto amor dicen tener por la vida cuando de condenar abortos se trata; que tan bien organizan sus protestas cuando de pedir la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas se trata. Ahí estarán calladas en un silencio cómplice todas esa santas almas católicas sin que de su boca salga una sola palabra de protesta y sin que den un solo paso para detener semejantes crímenes y evitar tanta carnicería de pobres inocentes.

A esas buenas gentes católicas de la católica España, el hereje impenitente que esto escribe les invita a escuchar una vieja canción de Atahualpa Yupanqui titulada “Preguntitas sobre Dios”, en una de cuyas estrofas dice:
Hay un asunto en la tierra
más importante que Dios 
y es que nadie escupa sangre
pa que otro viva mejor.

Aunque difícilmente ese canto ni ningún otro pueda servirles para gran cosa después de una vida entera sin sentir más devoción que la del propio bienestar, primero acá en la tierra y luego para siempre más en el cielo. Lo más probable es que tengan el alma tan impermeabilizada a las cosas de este mundo que les dé igual quien sufra y quien muera, con tal que de ello salga la necesaria riqueza para que el Estado siga pagando sus cultos, sus catequesis y asegurando en suma su bienestar “espiritual”.

Por supuesto que alguien pensará que en España no solamente hay población católica callada, sino que está también la que no cree en nada que no sea su propio bienestar. Cierto, pero ¿quien va a extrañarse de que esa buena gente que nunca ha dado muestra alguna de tener conciencia, se quede quieta y callada en casa?

Pues bien, a todas esas buenas personas que no matan ni roban, que no les pasa ni de lejos por la cabeza la idea de lanzar una bomba sobre la población indefensa de parte alguna del mundo pero que quieren gozar del mayor nivel de confort posible sin preocuparse de dónde sale ni de quien lo paga, cabe preguntarles si de verdad piensan que ese afán suyo de bienestar y de riqueza no es la causa de los crímenes que cometen quienes nos gobiernan.

Ay, buenas gentes incapaces de sacrificar un pollo, un cordero ni un un ternero pero que no renunciáis a comer carne, ¿de verdad pensáis que no sois la causa de lo que hacen los matarifes?

http://www.kaosenlared.net/noticia/gobernantes-viles-para-pueblos-sin-conciencia


REGRESAR A PORTADA

lunes, 7 de febrero de 2011

Amar la pobreza

Pep Castelló


El gran reto del siglo XXI es aprender a amar la pobreza. Tenemos información más que suficiente para saber que los peores males le vienen a la humanidad por causa de la riqueza. O mejor dicho, del amor a la riqueza. Y no obstante la seguimos amando con toda nuestra alma. Adoramos al dios dinero. Admiramos a quienes lo poseen. Los envidiamos y vivimos alentando en nuestro fuero interno la codicia. Y poseída nuestra civilización por esa maldita fiebre del oro, arrasamos bosques, envenenamos aguas, contaminamos la atmósfera y destruimos todo cuanto es principio de vida en este planeta Tierra que es la gran casa común de todos los seres humanos.

Los ricos aman la riqueza porque desde que nacieron les metieron en la cabeza que la riqueza es el mayor de los bienes que puede alcanzar un ser humano a lo largo de su vida. Y así, con esta idea, crecen, viven, se afanan, engañan, roban y matan si falta hace para enriquecerse más y más. Y si no matan ni roban, consienten que otros roben y maten para ellos, que hagan guerras de rapiña, que mantengan políticas coloniales y estructuras sociales injustas, ya sea en el propio país o en países invadidos.

Los pobres aman también la riqueza porque sufren la pobreza que les han impuesto los ricos. De ahí que ansíen con todo su corazón la riqueza que sus opresores tienen. No se dan cuenta de que no es posible enriquecerse sino a costa de los pobres; y si se dan cuenta les da lo mismo, porque la miseria sufrida les ha configurado la mente en la dualidad pobreza-riqueza, y les ha impulsado a salvarse como sea y a costa de quien sea, siquiera sea de su propio hermano.

Hay un tercer estrato social, una clase media, que ni es rica ni es pobre pero que ama la riqueza porque goza de algunos de los beneficios de la clase rica a cambio de aceptar con los ojos cerrados la ideología que ésta le impone. La mayor parte de quienes a ella pertenecen viven adorando al dios dinero, y a él dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de su propia vida.

Nadie ama, pues, la pobreza. Los ricos porque no la conocen; los pobres porque la padecen; las clases medias porque sienten horror ante la sola idea de poder ser pobres. Luego, ¿quién ama la pobreza, o mejor, quién puede amarla?

Se nos ocurre que para amar la pobreza es preciso, en primer lugar, dejar de amar la riqueza. Porque nadie puede entregar su corazón a una y otra a la vez. Pero antes de proseguir habrá que precisar qué entendemos por riqueza nociva y qué por pobreza deseable.

Deseable es la pobreza que permite tener a todo el mundo lo indispensable para vivir dignamente y desarrollarse como ser humano. Riqueza nociva es la que con perjuicio de otros seres humanos o de la Madre Tierra nos proporciona confort y lujos prescindibles.

La humanidad viene rigiéndose desde hace siglos por el amor a esa clase de riqueza que entendemos como nociva. Todas las tradiciones de sabiduría la han condenado, pero de nada ha servido. Hoy vemos sin lugar a duda alguna que el planeta Tierra no soporta más la explotación a la que el nefasto amor a la riqueza que denunciamos lo ha sometido y sigue sometiendo.

Pero dejar de amar la riqueza es muy difícil cuando se ha configurado sobre ella toda una forma de vivir. Renunciar a ella implica renunciar a la propia vida, a los propios afanes, a todo cuanto hasta ahora ha sido nuestra motivación, nuestro principal estímulo... Nada fácil si no descubrimos antes nuevos valores, nuevos modos de vida, nuevos ocios, nuevas formas de gozar, de pasarlo bien... Si no logramos descubrir cuanto hay de bello y gozoso en lo que gratuitamente la vida nos ofrece... Porque no es renunciando como avanzaremos sino hollando sendas nuevas.

Dejar de amar la riqueza para poder amar la pobreza implica un cambio de perspectiva muy difícil de hacer sin una ayuda externa. Una ayuda que muy posiblemente nos llegará dentro de poco, pues lo más probable es que no nos falten ocasiones para descubrir que podemos prescindir de muchas cosas que ahora nos parecen irrenunciables porque los estímulos generados por la publicidad que maneja el capitalismo así nos lo han hecho creer.

Hasta ahora, quienes pertenecemos a la clase media, esa clase bienestante que de forma más o menos consciente da soporte al capitalismo, hemos renunciado a plantearnos quién pagaba el gasto de nuestro buen vivir. No faltaba quien pensase que el confort de que gozábamos era fruto del progreso, sin más, como las amapolas lo son de la primavera. Que no hacía falta saber quién ni de qué modo paga ese maravilloso progreso nuestro. Habíamos olvidado que somos parte de una gran familia humana y que la mayor parte de nuestros congéneres eran explotados por quienes manejan el mundo. Y no queríamos saber ni por asomo que esa explotación se está dando con nuestra complicidad, porque somos nosotros, clase media, quienes pedimos bienestar a los gobernantes y quienes mayormente consumimos esa gran producción que enriquece a las clases ricas y esclaviza a las pobres.

Pero ahora ya empezamos a ver que podemos ser nosotros quienes estemos pagando el progreso de otros. De momento ya sabemos que pagamos el de los banqueros, algo que hasta hoy nadie o casi nadie tomaba en cuenta. Y también el de los políticos. Y el de los altos directivos de las principales empresas...

¡Ah, señoras y señores, qué cambio! Ya vamos en camino de no ver un bien tan preciado en la riqueza, sino la causa de la pobreza de los muchísimos millones de seres humanos cada vez más próximos a nosotros.

Bendito sea ese cambio. Bendita la luz que nos trae. Bendita la conciencia que nos despierta o que nos puede despertar, porque no hay nada más nefasto en la naturaleza humana que la estupidez propia de quienes tienen adormecida la conciencia.

Pep Castelló, para “La hora del Grillo”


REGRESAR A PORTADA

lunes, 10 de enero de 2011

La otra estela navideña

Pep Castelló


Que la Estrella de Navidad tiene cola y que Navidad debiera dejar en el mundo y en nuestra alma una estela de compasión y justicia, ya se dijo. Pero lo que no dijimos es que no solo la Navidad de la justicia tiene cola, sino que la tiene también la de la especulación, la del provecho propio de quienes han hecho de los símbolos navideños un estímulo para que las pobres gentes se muevan en favor de sus intereses. Y así, las liturgias navideñas tienden a hacer a las gentes más devotas del mismo modo que el estímulo al consumo previo a la celebración navideña exacerba el afán consumidor. Nada sucede en vano; todo cuanto vivimos nos deja impresa en la mente una estela.

Los especuladores, los aprovechados, quienes saben de la mente humana lo suficiente como para manipularla en beneficio propio saben que el espíritu consumista que con esta “celebración” se exacerbó puede rendir todavía beneficio durante unos cuantos días. Y con esa idea lanzan las rebajas de enero, esa forma de sacar existencias que no pudieron ser vendidas en el momento previsto y que ahora ocupan un lugar inadecuado en los almacenes y en las cuentas empresariales.

Al público le encanta comprar “bonito y barato” (medio siglo atrás se decía “bueno, bonito y barato”, el lema de las tres B, pero en los tiempos actuales la bondad ha sido desestimada). De ahí que en las maquilas y en los talleres donde se producen artículos de consumo se planifique el trabajo con miras a satisfacer esas posibilidades de negocio que la Navidad consumista ofrece. Y para producir barato, nada mejor que bajar los costos de producción, empezando por los sueldos de quienes trabajan. Lógica empresarial. Racionalidad ante todo.

En la jauría humana rige, sin lugar a dudas, la ley del más fuerte. Manda quien tiene el palo en la mano.  De ahí que lo primero que haya hecho el poder sea hacerse con el control de las leyes, para justificar a partir de ellas cualquier acción que sirva para tener sometido al pueblo. Y así, de “tener el palo en la mano” pasan a “tener la sartén por el mango”, que es lo mismo pero más suave y menos escandaloso.

Con la sartén por el mango se hace todo, Se establecen las jornadas y condiciones de trabajo, se fijan los sueldos a conveniencia de los amos de los medios de producción, se ilegalizan los reclamos y las manifestaciones de protesta, se bombardea con la conveniente publicidad las mentes de las gentes convertidas en masa a fin de que piensen, crean y deseen lo que a quienes mandan conviene. Y así poco a poco, con la ayuda de las migajas de bienestar que sabiamente se distribuyen, se va produciendo el lavado de cerebro necesario para que la gente piense que vive en el mejor mundo posible y de este modo permanezca sumisa y quieta. Y si además podemos comprar “bonito y barato”, ¿para qué preocuparse por quienes trabajan en talleres y maquilas? Suerte tienen de tener trabajo, que muchos otros para sí lo quisieran.

Ahí tenemos la otra estela navideña, la que nos configura la mente en la sumisión, en el egoísmo personal e individualista, en la inhumanidad... La que nos convierte en masa, la que arruina nuestra dignidad humana. La que sirve para propagar por del mundo esa pandemia de lepra del alma que en otras ocasiones hemos señalado.

De esa estela, como hubiesen dicho las buenas personas creyentes de antaño, ¡Dios nos libre!


Pep Castelló, para “La hora del Grillo”


REGRESAR A PORTADA

miércoles, 5 de enero de 2011

Paz y justicia navideñas

Pep Castelló

 

Pasó ya la Navidad y una vez más nos trajo paz, esa ambigua palabra que tanto expresa una bendición del cielo como la permanencia impune de un cúmulo de injusticias que conllevan amargos sufrimientos a una gran parte de la humanidad. Gracias a Dios o al Diablo, según desde donde se mire, nada ha puesto en peligro este sacrosanto sistema político-económico-social-religioso del cual de buen grado o a la fuerza somos parte.

El mundo cristiano lleva siglos celebrando en estas fechas el nacimiento del Mesías con liturgias que contemplan el cielo como el lugar de la felicidad suprema e infinita, fomentan la caridad, alaban la paz e ignoran la justicia.

Cenas y almuerzos de familia, belenes, arboles, luces parpadeantes, regalos, redoblada actividad en los comercios, shows mediáticos en los que no faltan los tradicionales discursos de los altos dignatarios -cínicos los más de ellos- se han sumado a la liturgia religiosa y contribuyen a mantener vivo ese paradigma de bienestar navideño que en mayor o menor medida ocupa nuestras mentes.

La paz y el bienestar lo llenan todo y no dejan lugar a la justicia. Y es que todo no cabe en la mente humana. Hay que elegir entre pasarlo lo mejor posible o complicarse la vida exigiendo respeto a la dignidad  propia y la de quienes son de nuestra condición. Y nadie se la complica si no tiene una fuerte motivación para ello. De ahí que el poder se aplique a desmotivar a las gentes, ya sea mediante la represión o simplemente llenándoles la cabeza de paz y bienestar.

El sistema tiene muy bien organizada la configuración mental de los individuos en la irresponsabilidad. La fomenta mediante la permanente contemplación de paraísos terrenales a través de los medios y de la publicidad comercial. Estrellas mediáticas, gentes que alcanzan la fama por arte y gracia de la Diosa Fortuna con solo ser fieles al sistema; elogio del lujo, de la molicie y el entretenimiento como el modo de vida más deseable; invitación descarada a la irresponsabilidad mediante eslóganes tales como “llévatelo ahora y págalo cuando te venga en gana”... De otra parte, una loa permanente del éxito personal, del individualismo, de la competencia carente de escrúpulos y de la agresividad cuando no la violencia como formas de alcanzar el éxito y el tan deseado bienestar.

Un permanente bombardeo de mensajes subliminales de la mañana a la noche a través de cuantos medios pone el desarrollo técnico a disposición del poder sirven para entretener las mentes y desviar el pensamiento hacia los gozos del consumo como antaño los sermones de la clerecía lo desviaban hacia el cielo y movían a la resignación y la esperanza en el más allá.

Si la mente humana ha cambiado poco desde que el mundo guarda memoria, los medios para manipularla se han perfeccionado hasta el extremo. El asedio que el sistema ejerce sobre los individuos de la gran masa humana que constituye el pueblo es hoy día ineludible. Nadie escapa a su influencia. La forma de vida que ha impuesto el capitalismo impregna hasta los tuétanos todas las capas de nuestra sociedad. Cualquier modo posible de ganarse la vida que esté al alcance de la población implica ya en sí mismo la aceptación del sistema y de sus reglas y leyes.

Vivimos inmersos en un paradigma denso y pegajoso. Generamos sistema en cada gesto con la mayor de las inconsciencias, del mismo modo que cuando caminamos por la calle respiramos sin darnos cuenta los gases que emanan los tubos de escape de los automóviles que nos rodean. Nuestra inconsciencia es la mayor aliada del poder. De ahí que se esfuerce tanto en entretener nuestras mentes y tenga legiones de especialistas a su servicio.

Tan solo tomando conciencia y uniéndonos podremos luchar contra esa pandemia de inhumanidad que genera nuestra civilización occidental cristiana, contra esa infecta lepra del alma que nos destruye como personas y como pueblo. Y ahí hubiesen podido decir mucho las iglesias cristianas en sus celebraciones de esta reciente Navidad. Pero no tenemos noticia de que lo hayan hecho sino que, como de costumbre, han invitado a sus fieles a mirar al cielo, a esperar una felicidad sin fin en el más allá a cambio de ser pacientes, sumisos y caritativos en el más acá. De ahí, quizá, que no hayamos percibido en la tierra ningún movimiento revolucionario semejante al que anuncian los evangelios.

Pep Castelló, para “La hora del Grillo”

REGRESAR A PORTADA

jueves, 16 de diciembre de 2010

Lepra del alma

Pep Castelló


Se nos cae a pedazos la humanidad, como lepra del alma. Nos corroe la codicia, el afán de riquezas, de confort en desmesura. Nos invade el egoísmo; vivimos sin solidaridad, sin principios, sin ética...

Ya no somos pueblo ni apenas familia; solo individuos ansiosos de bienestar y de éxito. Nos mueve la vanidad. Adoramos el lujo y el dinero. Apostamos por la competencia y hasta por la violencia si ésta nos lleva al triunfo. Hemos retrocedido a los tiempos más oscuros.

Vivimos en un mundo tecnificado. Estamos orgullosos de nuestro saber, de nuestro desarrollo técnico. Pero seguimos adorando al ancestral dios de los ejércitos que nos da la fuerza necesaria para derramar sangre ajena... Solo que ahora no exige nuestros prepucios como ofrenda sino nuestra alma entera.

Razón tenía Jesús de Nazaret cuando dijo “bienaventurados los pobres”, porque ser rico es apostar por la miseria, pues miserias del alma son la codicia, la usurpación, la violencia... bases comunes de la riqueza y de la pobreza, ya que no es posible enriquecerse en desmesura sin que otro empobrezca.

A esta civilización cristiana de la cual somos parte le llegó el mensaje evangélico según lo transmitieron y lo transmiten quienes desde una posición contraria al mismo, instalados en el poder y en el confort que procuran las riquezas, se arrogan mediante hábiles falacias la autoridad de hacerlo. Toda la tradición profética que culmina en el humilde Nazareno acabó siendo secuestrada y adulterada por los poderes terrenales. A nadie extrañe pues que de entonces acá sea la codicia el principio que nos rige y el crimen la principal herramienta de quienes nos gobiernan.

La entereza del alma es el distintivo claro de la condición humana en su más pura esencia. Por ella apostaron todos los grandes maestros de la historia. A partir de ella evolucionamos desde estados primitivos en los que imperaba la ley de la selva hasta relaciones de convivencia basadas en la colaboración y el apoyo mutuo. Los pueblos crecieron humanamente cuando tuvieron como principio rector la dignidad humana, pero se entregaron a la destrucción y al crimen cuando la ambición y la codicia se hicieron con el mando.

A la vista de como evoluciona el pensamiento colectivo en los países que lideran hoy el mundo y del poder que tienen sus gobiernos para controlarlo, no cabe esperar un resurgir de la dignidad humana en el panorama político mundial durante mucho tiempo. El más irracional de los egoísmos impregna hasta los tuétanos el alma de todas las capas sociales. Apenas quedan espíritus libres entre las multitudes sometidas, ni aun en los estamentos de los que cabe esperar una mayor libertad de pensamiento. ¿Quien y cómo va a enderezar el rumbo de esta humanidad que naufraga por momentos en la mayor de las vorágines?

No cabe esperar milagros. Pasó ya el tiempo de convertir el agua en vino y de alimentar multitudes con tres panes y un par de peces. Hoy el agua es ya un bien escaso y cada vez lo será más, y el pan está en manos de quienes lo acaparan para negociar con él y enriquecerse. Van en aumento día a día los miles de seres humanos que mueren de sed y de hambre en nuestro mundo tecnificado, controlado y dominado por la ambición y la codicia. Cuesta imaginar que pueda darse un cambio... Pero es razonable esperarlo, porque la humanidad es un todo y ningún organismo puede devorarse a sí mismo por completo.

Quienes aman el poder por encima de todo seguirán asesinando, exterminando pueblos enteros, destruyendo la naturaleza y las fuentes de vida en el planeta Tierra, pero no podrán destruir por completo a quienes se les opongan. Y es que la dignidad es inherente a la naturaleza humana.

Los grandes maestros surgieron en momentos históricos quizá tan malos como el presente, por lo menos en el mundo que los circundaba. Y no obstante su ejemplo y enseñanzas han guiado el pensamiento de miles y miles de otros seres humanos que han vivido y viven conforme a sus ideales. No parece que los haya, porque apenas se les ve, pero son legiones.

Difícilmente se va a dar una mutación de la especie tan absoluta que destruya por completo la dignidad humana. Pero cuidado, no nos confiemos y permanezcamos vigilantes, no fuese a contagiarnos esa miseria moral que por doquier impera, esa lepra perniciosa que hace añicos el alma.

Pep Castelló, para “La hora del Grillo”

REGRESAR A PORTADA

lunes, 6 de diciembre de 2010

Herejes del presente

Pep Castelló


Siempre las ortodoxias han sido fruto de la violencia. Desde los tiempos más remotos, las ideas se han impuesto a filo de espada y el pensamiento se ha purificado con fuego. Sufrimiento y sangre de disidentes han configurado a lo largo de los siglos nuestra forma de pensar y han estructurado esta Civilización Occidental Cristiana de la cual somos parte.

El ángel exterminador ha sido y es, desde que el mundo guarda memoria, quien ha velado por la pureza del pensamiento y la permanencia de las buenas costumbres. El exterminio de herejes ha sido y sigue siendo el modo más eficaz de salvaguardar el pensamiento ortodoxo, ese que guía la conducta de quienes lo profesan de manera que beneficie por encima de todo a los guardianes de la ortodoxia.

Hereje es quien contradice o cuestiona el pensamiento que le ha sido transmitido desde el poder, ortodoxo por principios, ya que nunca el poder se cuestiona a sí mismo. Y desde esa perspectiva vemos que se dan herejías religiosas, políticas, sociales, económicas y aun estéticas, pues todos y cada uno de esos ámbitos de la cultura son manifestaciones del poder.

Dado el peligro que para el poder comporta el pensamiento libre, éste evita su propagación al precio que sea. No regatea esfuerzos a la hora de persuadir al disidente o de exterminar al rebelde si preciso fuere, porque sabe bien que nada se propaga más fácilmente que la rebeldía.

A fin de no andar reprimiendo más de lo estrictamente necesario, desde una perspectiva de economía de fuerzas, el poder ha desarrollado formas blandas de violencia y aun métodos de sumisión que no necesitan de ésta sino cuando alguien se les opone. Con la ayuda de la técnica, de los llamados “medios de comunicación de masas” y de una forma de vida competitiva y consumista basada en el egoísmo, la codicia y la vanidad, el poder ha configurado el modo de pensar de la población a su imagen y semejanza.

Establecida ya una forma de pensar y actuar común a la mayor parte de la población, hereje será quien piense de modo contrario al de esa masa humana previamente sometida. A partir de ahí será ella misma quien se encargue de rechazar todo atisbo de herejía, ya que ésta se percibe como un serio atentado a la forma de vida establecida.

A poco que nos pongamos a pensar sobre la información que nos llega del momento presente a lo largo y ancho del planeta que habitamos veremos que, pese al derroche de medios de persuasión de que hace gala, el poder no alcanza a controlar por completo el pensamiento y la conducta de la totalidad de los individuos sobre los que actúa. Existen seres pensantes que de forma personal o más o menos colectiva discuten y aun a veces contestan las acciones del poder y exponen ideas contrarias a las que difunde en apoyo de sus decisiones. Esos individuos y grupos humanos son los actuales herejes, los herejes del presente.

Habida cuenta de que el pensamiento ortodoxo tiene como fin principal someter el pensamiento y la acción del pueblo a la conveniencia de los poderes imperantes, cualquier pensamiento encaminado a liberar las masas y devolverles su dignidad en tanto que pueblo será, por definición, herético y merecerá corrección y castigo. No extrañe pues a nadie que toda persona que se manifieste en contra de lo establecido en cualquiera de los ámbitos de la cultura sea tachada de herética y peligrosa y como tal perseguida, anulada y en caso de terca reincidencia, si preciso fuere, sea exterminada.

Pep Castelló para “La hora del Grillo”.

REGRESAR A PORTADA

lunes, 14 de junio de 2010

Altamira

Pep Castelló

La prehistórica cueva abre de nuevo sus puertas, aunque con las limitaciones que aconseja la prudencia de quienes la cuidan. La noticia me trae a la memoria una entrevista radiada en la cual Eduardo Galeano contaba que cuando contempló in situ aquellas pinturas se le ocurrió que “si nuestros antepasados no hubiesen compartido comida y caverna, nuestra especie no habría sobrevivido”. Un bello pensamiento, sin duda, que nos mueve a considerar la solidaridad como un atributo de la naturaleza humana.

No obstante, la conducta que observamos hoy en nuestros congéneres más bien nos mueve a pensar lo contrario. Muros, alambradas, sofisticados sistemas de vigilancia y gente armada cierran hoy las puertas de la caverna a forasteros no deseados y protegen los botines acumulados en su interior, producto de las continuas razias que ordenan los poderosos amos del recinto. Servidores sin alma y sin conciencia, con ansia de obtener alguna porción del botín por mínima que sea, forman la tropa que ataca y saquea a los pueblos indefensos y somete a sus moradores.

Dentro de la caverna, una caterva de predicadores tiene a su cargo mentalizar a las jóvenes generaciones a fin de que acepten y defiendan el orden establecido. Gran cantidad de recursos técnicos y humanos se movilizan para ese fin: sistemas educativos, medios audiovisuales de comunicación de masas, equipos humanos especializados que a modo de escuadrones de caza mariposas red en mano persiguen con eventos mundiales a las multitudes que corren riesgo de despertar del opiáceo sueño en que la organización del poder las tiene sumidas. Hoy una crisis financiera; mañana un mundial de fútbol... Todo sirve para mantener distraída y atemorizada la población. La gestión del miedo y de la simpleza mental son los mejores recursos para mantener el orden en la caverna.

Nada ni casi nadie queda fuera del servicio a los intereses del poder. El dominio es absoluto. El sometimiento está casi por completo garantizado. Se despoja de los beneficios del sistema y se persigue con saña a quienquiera que se resista. No obstante, dado que la naturaleza humana es rebelde, sistemas jurídicos con soporte policial amparan eficazmente la codicia de las minorías dominantes y les garantizan el control de los recursos que el pueblo necesita para subsistir. La miseria espiritual y la pobreza extrema que genera el sistema aseguran que en su momento el poder pueda reclutar la gente necesaria para mantener activos esos despiadados cuerpos de policía y ejércitos.

Aun así, voces proféticas surgen por doquier clamando contra la injusticia y convocando a la insumisión y a la rebeldía. Son las de quienes se ocupan de cultivar en lo hondo de su alma la compasión más que el egoísmo. Las de quienes con amplia visión de futuro anteponen la equidad a la ambición. Las que a lo largo de los siglos han frenado la bestialidad de quienes ciegos de poder no dudan en destruir cuanto se les opone, sin caer en la cuenta de que de ese modo acabarán destruyéndose a sí mismos.

Viendo como está el mundo y la correlación de fuerzas que presenta, poca esperanza nos cabe de ver algún día a nuestra especie enarbolando el estandarte de la Utopía. Pero sí la de permanecer libres de espíritu y cual fermento o levadura mantenernos en permanente actitud profética. No debemos temer a quienes brutos e irreflexivos amenacen con matarnos, pero sí permanecer alerta para evitar que nos anulen y sometan.

http://www.kaosenlared.net/noticia/altamira


lunes, 7 de junio de 2010

La insumisión de las masas

Pep Castelló

Un paso obligado para reemprender el largo camino hacia la utopía

Con un título similar pero más optimista, “La rebelión de las masas”, señalaba hace cosa de un siglo Ortega uno de los rasgos característicos de su tiempo: el advenimiento de las masas al primer plano de la sociedad; su pugna por protagonizar el presente y diseñar su propio futuro.

Poco duró esa rebelión, pues si bien las masas siguen siendo la clave de la dinámica mundial, los tiranos de turno han ido encontrando el modo de neutralizar su voluntad y con ella su capacidad de hacer y hacerse, de construir y construirse humanamente.

La violencia criminal de las armas fue el primer recurso empleado para desactivar los detonadores de la gran fuerza expansiva del pueblo. Luego vino el terror, el recuerdo vivo y presente de la sangre derramada, de la guerra perdida frente a un enemigo feroz. Más tarde, con los espíritus ya atemorizados y los líderes asesinados o exiliados, llegó la hipnosis; religiosa primero, como en los viejos tiempos; tecnológica después, hasta alcanzar nuestros días.

El siglo XX, que se nos ofrecía como un tiempo de progreso y crecimiento humano en casi todo el mundo ocupado por la civilización occidental cristiana, fue cayendo en barbaries de diverso tinte que ensombrecieron su horizonte hasta desterrar por completo de él a la Utopía.

Con el paso del tiempo, el nihilismo más irreflexivo se fue enseñoreando de la sociedad “civilizada”. El capitalismo fue creciendo en fuerza y expandiendo por el mundo su ideología materialista repleta de codicia y egoísmo. Las baratijas tecnológicas que produce acaparan la mente de la población durante horas y más horas, desterrando la reflexión y con ella a la sabiduría. La forma de vida que impone promueve un modo de pensar individualista y alienante que somete a la persona y con ella al pueblo.

En modo alguno este siglo recién pasado satisfizo las expectativas humanas que despertaba en millones de almas, sino muy al contrario, pues que ha sido tiempo de desalientos y renuncias, de frustraciones múltiples, individuales y colectivas.

Hoy, entrado ya el siglo XXI, superada la mítica barrera del año 2000, diversas crisis nunca imaginadas vienen a sacudir a la masa adormecida. Las felicidades efímeras comienzan a desvanecerse como niebla mañanera ante la realidad ardiente. Los paraísos mentales cierran con estrépito sus puertas.

Atiborradas las mentes de saberes técnicos, sin más adiestramiento que el de pensar en lo inmediato, la visión de lo universal escapa a la mirada de la ciudadanía media, esa gran capa de población que en lenguaje humano se denomina pueblo. Mucho nos trajo en instrucción el siglo XX; poco, muy poco, en humana sabiduría.

Es de nuevo la hora de los falsos profetas, de los manipuladores, de quienes cínicamente afirman poseer los conocimientos necesarios para superar todas las crisis. Y como cabe esperar es también la de los violentos, la de los amorales, la de quienes sin el menor reparo están dispuestos a asegurar mediante la fuerza bruta y el crimen la sumisión del pueblo. Nada nuevo bajo el sol. La humanidad lleva siglos doblegándose a la violencia.

Lo más grave de este tiempo de crisis es que nos pilla sin defensas. Muellemente acunada en nubes de opiáceos placeres, la civilización occidental cristiana lleva años desidiologizada, sumisa y con la guardia baja ante sus opresores. Falta conciencia. Es difícil organizar acciones de defensa.

Pero la natura humana es en sí misma fuente de dignidad y de justicia. Con reflexión o sin ella cabe esperar que tarde o temprano florezca la insumisión ante el abuso, primer paso hacia la rebeldía. Y cabe esperar también que tras ella el pueblo rebelde descubra de nuevo la necesidad de cultivar la sabiduría.

Nada sucede en vano. Las crisis son zarandeos del alma, invitaciones a seguir avanzando hacia la utopía.

http://www.kaosenlared.net/noticia/la-insumision-de-las-masas

domingo, 30 de mayo de 2010

Sumisión o rebeldía

Pep Castelló

He aquí dos palabras que parecían resueltas desde hace tiempo en el ámbito pedagógico de nuestra civilización occidental cristiana, pero que los acontecimientos mundiales del presente invitan a considerar de nuevo.

Llevamos años educando en la sumisión y rechazando todo atisbo de rebeldía. La sumisión conlleva paz en la misma medida que la rebeldía trae conflicto. Incómoda para educadores y peligrosa para educandos, la rebeldía es considerada por las personas sensatas como un defecto a corregir. La obediencia a la autoridad y la adaptación al sistema son, desde esa perspectiva, sinónimos de buena educación y de virtud. La sumisión es deseable, en tanto que la rebeldía es rechazable.

Las personas sensatas aman la paz y detestan los conflictos, motivo por el cual suelen optar por la sumisión. Y lo mismo hacen aquellas a quienes el orden establecido favorece, las cuales apelan a la sumisión en nombre de la paz.

La persona sumisa acepta lo que le echen, sea justo o no lo sea. Intenta por encima de todo salvar lo suyo, y deja “sabiamente” que cada cual se las componga con lo que le toque aguantar, según el refrán que reza «cada palo que aguante su vela». La justicia no suele ser incumbencia suya sino de quienes detentan el poder, o bien en última instancia, echando mano de un determinado modo de pensar religioso, considera que es cosa del Ser Supremo.

Desde los lejanos años de mi niñez hasta el presente, el catolicismo de mi entorno ha ensalzado la mansedumbre hasta convertirla en la principal virtud de los oprimidos, lo cual no deja de ser una forma de dar alas a los opresores.

Cabe no obstante señalar que, según consta en documentos históricos, esa misma Iglesia que predicaba mansedumbre al pueblo y obediencia ciega a las autoridades durante los años del nacional-catolicismo fascista, bendijo la violencia de los militares sublevados contra el legítimo gobierno de la República Española cuando vio que el triunfo de estos favorecería los intereses eclesiásticos.

Quienes crean que ese proceder de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana es cosa del pasado, vean los recientes sucesos en Honduras y la conducta que siguió el Cardenal Rodríguez Madariaga, Arzobispo de Tegucigalpa ante el golpe de la oligarquía. Y vean como acto seguido el Instituto Católico de París le premiaba esa conducta nombrándole doctor honoris causa; y como recientemente le acoge en Italia la Comunidad de San Egidio, tan amante ella de la paz y de la caridad.

De igual modo los medios de comunicación nos informan a diario de como las grandes potencias mundiales y en especial el imperio USA dividen el mundo en buenos o malos según que estén o no de su parte.

Hechos tan lamentables como los señalados nos muestran de qué modo las instituciones de poder, aun teniéndose por sagradas, y las personas de orden con fuerte ascendencia social juzgan la sumisión y la rebeldía e incluso la violencia según convenga a sus propios intereses.

Las gentes de orden, las que gozan de los beneficios del sistema, han puesto y ponen todos los medios a su alcance para asociar rebeldía con desorden, a fin de confundir a la población. Han difundido la idea de que la rebeldía consiste en reivindicar contra toda razón el propio capricho. Han establecido una forma de vida competitiva e insolidaria, con lo cual han logrado crear un paradigma que considera necia a la persona que atiende más al bien común que al beneficio propio y antepone lo justo a lo conveniente.

Pero identificar paz con sumisión es un error tan grave como el de confundir rebeldía con violencia. Nos lo muestran claramente personajes tan poco sospechosos de violentos como Gandi, Martin Luther King, San Romero de América, Pedro Casaldàliga y tantos otros que sin hacer uso de la violencia adoptaron y adoptan actitudes rebeldes ante la opresión del poder establecido.

Quienes tienen responsabilidades educativas, sean estas profesionales o familiares, deben reflexionar urgentemente sobre esas cualidades del carácter que tan ligeramente se vienen tratando desde tiempo ha.

Educar en la rebeldía no es fácil, pues exige en primer lugar educar en la justicia, poner la dimensión humana en el primer plano de la vida, para acto seguido educar en el compromiso solidario. Un esfuerzo titánico que es hoy absolutamente necesario y urgente pues que la humanidad entera está embarcada en una sola nave y de cómo actuemos depende el futuro que tengamos.

Someterse a las directrices de quienes no tienen más guía que su propia codicia nos lleva ineludiblemente al naufragio. ¿Queda algún otro camino que no sea la rebeldía?

domingo, 23 de mayo de 2010

Crisis financiera y pederastia eclesiástica

Pep Castelló

Algunas semejanzas lamentables

La coincidencia en el tiempo con que se han manifestado la crisis financiera que estamos padeciendo y el escándalo de los curas pederastas en la Iglesia Católica Romana nos invita a reflexionar sobre algunas semejanzas observables en la conducta de quienes abogan por el capitalismo y quienes confiesan profesar el catolicismo.

La mayor parte de quienes despreocupadamente se han venido beneficiando de este sistema económico que de repente hace aguas y los amenaza con disminuir su nivel de vida...

•    ... creían y creen a pies juntillas que el capitalismo es el mejor de los sistemas económicos posibles, de cuyas ventajas tienen derecho a gozar por el simple hecho de estar en él.

•    ...no cuestionan para nada la estructura del sistema ni las leyes que lo fundamentan, ni el privilegio de unas clases sociales frente al desamparo de otras.

•    ... para nada se plantean quién paga el gasto del bienestar de las clases privilegiadas ni las desigualdades sociales que tal sistema crea en el ámbito local ni en el mundial y se limitan a echar la culpa de lo ocurrido a la codicia de unos pocos.

•    ... ignoran y quieren seguir ignorando los crímenes sobre los que se asienta el bienestar económico del mundo capitalista: apropiación de tierras mediante guerras genocidas, colonización, esclavitud, explotación de la pobreza a nivel mundial...

•    ... creen que tienen derecho a defender su bienestar y cerrar fronteras a quienes pretenden compartir sus privilegios.

•    ... no cuestionan el sistema ni buscan las causas de la actual crisis sino que esperan tan solo que sus gobiernos restablezcan cuanto antes la situación anterior.

La mayor parte de quienes siguiendo con devoción a su Santa Madre Iglesia se rasgan las vestiduras ante un escándalo que al trascender a la opinión pública los llena de vergüenza...

•    ... creían y creen firmemente que la Iglesia es una institución de origen divino a la cual pertenecen por voluntad divina en tanto que pueblo escogido.

•    ... no habían cuestionado nunca la autoridad eclesiástica, ni sus connivencias con los poderes terrenales, ni su estructura piramidal y monárquica, ni las verdades de fe en que dice fundarse.

•    ... ignoran los crímenes sobre los que se asienta la expansión de la Iglesia que ha llegado hasta nuestros días.

•    ... creían y siguen creyendo que las conductas criminales recientes y antiguas de que se acusa a la Iglesia son única y exclusivamente responsabilidad de sus autores, no de la institución eclesiástica.

•    ... creen que deben defender su fe y los privilegios de su religión contra toda razón y aun a costa del resto de la población.

•    ... aspiran tan solo a que la jerarquía aparte de sus cargos a los pecadores y que tome algunas medidas preventivas para que semejantes escándalos no se vuelvan a producir.

En ambos casos vemos que la consideración del mal presente se antepone a la del mal permanente. Que hay una firme voluntad de permanecer en lo establecido, de no cuestionar lo que se tiene, de que no se produzcan grandes cambios que puedan alterar su modo de pensar, de sentir y de vivir.

La voluntad de caminar hacia un mundo más fraternal y justo, más cristiano según el mandato evangélico de amar al prójimo como a sí mismo se ve frenada por el inmovilismo pusilánime, por la comodidad, por el egoísmo. Ante lo cual cabe preguntarse sino será esa pasividad, ese inhibirse cómplice, esa falta de contestación a los atropellos del poder lo que los hace posibles.

¿Cabe esperar un mundo mejor de semejantes actitudes? Por supuesto que no. Es preciso y urgente despertar la conciencia de esas almas adormecidas.  Es absolutamente necesario que quienes tenemos algo que aportar demos de ello testimonio en todos los momentos de nuestra vida. Nadie debe inhibirse. Cada personas es única e irrepetible y eso nos hace insustituibles.
 

domingo, 16 de mayo de 2010

Hincar la rodilla

Pep Castelló

Está en el aire y resuena por todas partes. “Zapatero ha hincado la rodilla ante los amos del mundo”.

¡Qué gran verdad! Tan grande como la necedad de no ver que la rodilla la hincó en peso la clase política española mal llamada de izquierdas, en aquellos tiempos de “la transición”, cuando ávida de poder abrazó la ideología capitalista.

En los años de gloria vividos desde entonces, todo ha sido un continuo plegarse a los amos del dinero. Ni una sola voz se ha alzado con fuerza en medio del panorama político oficial español advirtiendo que la ideología que por activa y por pasiva se estaba difundiendo entre el pueblo inerte era un ignominioso adoctrinamiento en favor de la irresponsabilidad ciudadana.

La izquierda, al igual que la derecha, ha apostado por hacer creer al pueblo que para vivir basta con sentir el gozo de nadar en la abundancia. Para nada se ha estimulado el sentido de responsabilidad cívica desde la izquierda política oficial. La obediencia y la aceptación callada han seguido imperando en su paradigma como imperaron en todos los órdenes de la vida durante los negros tiempos de la dictadura católico-fascista. Nada ha hecho para que el pueblo deje de tener como norma máxima de sabiduría el viejo refrán que dice “dame pan y dime tonto”. Y es ese continuado inhibirse, ese abandono de la responsabilidad cívica lo que ha dado pábulo a los actores del descalabro que hoy padecemos.

Todo el sistema educativo, tanto en el ámbito estatal como privado, ha priorizado el utilitarismo y ha desestimado la reflexión como forma ineludible de crecimiento humano. La técnica ha desplazado a la sabiduría. La economía a la persona. La adquisición de conocimientos y habilidades útiles para triunfar en la vida es desde hace ya mucho tiempo el objetivo principal de todos los programas educativos y de enseñanza-aprendizaje, desde el parvulario hasta la universidad. Y es esa idea del triunfo que promueve la ideología capitalista, ese deshumanizado afán de situarse por encima del vecino, lo que ha disgregado al pueblo y nos ha convertido en insolidarios individualistas.

Si algo ha hecho bien el capitalismo ha sido manejar el pensamiento de las masas. No así la izquierda política, que asumiendo irreflexivamente la misma deshumanizada forma de vivir y de pensar que la derecha más procaz, el mismo afán de triunfo y de lucro, se entregó a una cómoda actividad politiquera y descuidó todo cuanto contribuye a desvelar el pensamiento colectivo.

De repente, una buena parte de la ciudadanía se rasga las vestiduras. Hay quienes reclaman actitudes de izquierdas a quienes hasta ahora solamente pedían bienestar material y, como era de esperar, no faltan quienes dicen que ante una izquierda como la que gobierna mejor será votar a la derecha. Cuestión de opiniones; cada cual es muy libre. Pero casi en ninguna parte se le oye al pueblo reclamar una reactivación de la dignidad humana como no sea acusando a sindicatos y a políticos. La primera persona del plural está ausente en la mayor parte de los comentarios y discursos que afloran en el entorno. Nadie se siente llamado a nada. La necedad de seguir en la irresponsabilidad colectiva sigue vigente en la mayor parte de las conciencias.

Hoy nos hallamos rodeados de árboles que no nos dejan ver el bosque. El ancho camino de la opulencia que seguíamos se truncó de pronto y no sabemos por donde echar para salir del atolladero. Ni por asomo se nos ocurre que debemos hollar nuevas sendas si queremos seguir avanzando porque todos los caminos que nos ofrecen los amos del mundo tienen el mismo destino. La comodidad se cebó en el pensamiento colectivo y adormeció las conciencias. El pueblo lleva años dormido porque quienes tenían que haberle despertado no lo hicieron. La hidra de la codicia domina el mundo y lo seguirá dominando en tanto la dimensión humana no despierte en lo hondo de cada alma.

Pararle los pies al capitalismo es absolutamente necesario. Frenar su desmesurada ambición es tarea ineludible. Pero no bastará para vencerlo. No, si permanecemos en su mismo paradigma materialista, si no potenciamos la capacidad humana para descubrir nuevas sendas de solidaridad y de convivencia.  Es una ardua tarea que requiere esfuerzo, un largo camino interdisciplinar que debemos recorrer quienes tenemos a nuestro cargo desvelar mentes y sensibilizar conciencias. Apliquémonos con afán cuanto antes, pues como ya dijimos hace tiempo en esta misma página, “no nos salva ni Dios si no cambiamos”.

Pep Castelló

domingo, 21 de marzo de 2010

Con el sudor de tu frente

Pepcastelló

Divagación para la hora del Grillo

- Lo inventó el diablo, hermana. El dinero lo inventó el diablo.

Se lo dijo en una ocasión a la monja encargada de la administración cuando le entregó el cheque de la mensualidad en el que no figuraba una parte de lo que le correspondía. Y a partir de ahí se lo repetía como una coletilla cada final de mes. Hasta que se acabó el curso y le echaron del colegio.

Durante mucho tiempo pensó que esa idea del dinero era una ocurrencia suya hasta que un cura franciscano le dijo que lo mismo decía San Francisco. Bueno, pues tanto mejor si su modo de pensar coincidía con el de aquel loco que despreciando privilegios y riquezas se lanzó a vivir como las aves del cielo y los lirios del campo.

Le venía ese recuerdo ahora que estaba hasta el cuello esforzándose en terminar un trabajo que había tenido la suerte de pillar. ¿La suerte? ¡Qué ironía! ¡Si esa ocupación era un secuestro! ¿Cómo puede ser suerte algo que secuestra a la persona?

Hacía tiempo ya que tenía bien claro que el trabajo es una condena, un castigo, según dice la Biblia: "ganarás el pan con el sudor de tu frente". Un castigo duro, pero justo, cual corresponde a su divina procedencia. Porque veamos: ¿que es más justo, que cada cual gane su pan y el de su prole con el sudor de su frente, o que los obtenga mediante sudor y sufrimiento ajenos?

No le cabían dudas acerca de la justicia divina, pero ahí algo no le cuadraba. Sentía como si el bíblico Dios que condenó a Adán y Eva se hubiese marcado un gol en propia puerta al dejar que el ingenio humano inventase el dinero. Porque con dinero de por medio el trabajo se pervierte y perdiendo el noble fin que es ganarse el sustento, se torna mercadería. Del trabajo ya no vale su utilidad colectiva sino el nivel de ganancias que da a quien lo contrata, a quien compra con dinero la vida de quien trabaja.

Así andaba aquellos días divagando de desvarío en desvarío mientras tecleaba y se devanaba los sesos para llenar páginas que tenían estipulado un precio cuantitativo, ajeno a su valor didáctico. Libros para ser vendidos, para canjearlos por dinero. La perversión del mandato divino como forma institucionalizada de vida. Ni tiempo para leer le quedaba. Ya se lo decían todas las personas de su entorno que estaban en activo, que él leía y escribía porque no trabajaba. Cierto, lo veía ahora que había interrumpido su privilegio de jubilado como lo había visto durante muchos años desde muy joven, cuando el trabajo para subsistir le esclavizaba.

Desde que a los catorce años empezó a trabajar, se cruzaba cada tarde durante todo el curso con los niños bien, los hijos de papá, que salían de la universidad técnica cuando él y los de su clase, después de toda una jornada de trabajo, se encaminaban a las aulas de formación profesional con ánimo de arañar cuatro conocimientos básicos. ¡Ah, que gran suerte es que alguien nos mantenga con su trabajo! Eso nos permite estudiar, pensar, cultivar el intelecto o el total de la propia persona. Y también situarnos por encima de quienes nos llevan acuestas con su esfuerzo, todo sea dicho.

Suerte para unos condena para otros, porque alguien tiene que pagar el gasto. Alguien tiene que hacer el trabajo que todo ser humano necesita para vivir. El bien propio a costa del sufrimiento ajeno. ¡Qué gran invento el dinero! Toda una humanidad atada con una sola cadena y llevada como de la brida por los ricos que controlan los recursos necesarios, construyen maquilas, calzan espuelas y manejan la fusta.

Es difícil escapar a esa miserable condición de aherrojado en la que vive el común de los humanos. Porque además de los códigos civiles y penales inventados por quienes detentaban el poder, para que a nadie se le ocurriese tratar de liberarse de ese pesado yugo sin ponerse del lado de los opresores, ahí había mil y un dichos a favor del trabajo: “el trabajo libera”; “el ocio conlleva vicio y el vicio esclaviza”... Eso y un sinfín de moralinas por el estilo.

Lo que le parecía más curioso era que en eso de alabar el trabajo coincidiesen quienes trabajaban con quienes vivían del trabajo ajeno. ¿Sería el mito de la bondad del trabajo proclamado por quienes no tienen más remedio que trabajar como el disimulo de la zorra que no alcanzando las uvas decía que eran verdes? ¿O será que el ser humano necesita mitos que, como sea, le mantengan el ánimo?

En ese delirio estaba cada día al terminar la jornada, imprecando al dinero que esclaviza, soñando cada noche que encendía una hoguera en la cumbre del mundo con pilas de billetes de banco de todas las divisas. Una gran hoguera que alimentaba con sus sueños y su rabia, mientras una muchedumbre inmensa de seres entre humanos y bestias brincaba enloquecida y furiosa alrededor de las llamas tratando inútilmente de apagarlas.


Pepcastelló


martes, 9 de febrero de 2010

Desesperanza

Josep Castelló

Divagación herética en forma de cuento

Hacía tiempo ya que la leyenda de Leónidas en las Termópilas vagaba por su mente. Su presencia era quizá una respuesta inconsciente a esa afirmación tantas veces refrendada de que no se puede vivir sin esperanza.

¡Esperanza! Qué gran palabra tan ambigua y carente de sentido en su fuero interno. Esperanza ¿de qué? ¿De una vida feliz tras la muerte, quizá? ¿De que algún día la justicia y la bondad triunfasen en el mundo? No. Hacía ya muchos años que no profesaba creencias religiosas. Lo que pudiese haber más allá de la muerte le parecía un misterio indescifrable. En cuanto a lo segundo, tanto la información que recibía como lo que a diario observaba le llevaban a ver que ahí no había siquiera argumento para una fantasía. Luego ¿qué esperar cuando el alma se resiste al ensueño y la realidad golpea con dureza?

En esa divagación se enzarzaba cada vez que una noticia tenebrosa le llegaba al alma. Su impotencia se hacía tan presente que le llevaba a ver pequeñas también a todas las personas que a pleno riesgo hacían frente a las poderosas huestes del Imperio. La victoria no cabía siquiera en el mayor de los sueños. Vencer era imposible. Más tarde o más temprano la maldad imperial acabaría con toda resistencia. Era una derrota ya cantada. Pero aun así, Leónidas y sus trescientos espartanos se unían en su mente al Cristo crucificado que tantas veces había contemplado.

Quizá por su naturaleza pesimista o por la educación recibida amén de cuanto había visto y vivido, consideraba la vida como una condena. Un “valle de lágrimas”, según canta la “Salve” con entereza gregoriana. Imaginaba la humanidad como un enjambre de sísifos empujando hacia arriba instante tras instante su propia vida, empeñando todas sus fuerzas en mantenerla en lo alto. Sudor, sangre, sufrimiento y muerte al fin.

Ante una visión interna tan lacerante, de nada le servía la perspectiva religiosa porque ¿cómo compaginar la imagen de un Dios bondadoso con la del Creador de tanto sufrimiento? No, en modo alguno le cabían ahí las enseñanzas cristianas que recibió de niño y aun de joven. Si había un Dios, seguro que pensarlo no estaba a su alcance, de modo que mejor lo dejaba. Y no obstante esa era la fuente de su leche materna, la que lo había nutrido desde el primer momento de su vida. Quizá por eso cuando la adversidad arreciaba y amenazaba firme la desesperanza, el Cristo en cruz preguntando en tono de queja a su Eterno Padre por qué lo había abandonado acudía a su mente junto a la leyenda espartana.

Sabía bien que el mundo estaba lleno de miseria. Que los pobres vivían cada día más derrotados en tanto que la bestialidad de los poderosos crecía exponencialmente. La cruel hidra de la codicia dominaba hasta el más remoto rincón de la tierra y devoraba a quienes se le enfrentasen. Y no obstante, ni de lejos pasaba por su mente ceder, dejar que rodase pendiente abajo la piedra de su existencia. Temblaba sólo de imaginarse yaciendo en lo hondo del barranco junto a los demás seres que huelgan sin más conciencia de sí mismos que la de un perro o un gato o un asno o un caballo o cualquier animal doméstico o de carga o cualquier irredento desalmado.

El panorama que alcanzaba a contemplar desde su perspectiva era desolador. Si veía esta vida como una condena; si en su pensar y razonar no había lugar alguno para la esperanza; si no podía ni quería vivir meciéndose en una nube de opiáceos ensueños, a algo tenía que aferrarse para no caer en la desesperanza. Y ahí estaba Leónidas, un pagano, junto al Cristo cristiano, haciendo cada cual lo que debía según su fuero interno, movidos ambos por la honda convicción de que ese y no otro era su destino.

En este desvarío se encontraba una vez más aquella noche cuando una luz le vino de repente, con la cual vio, quizá por vez primera, que a pesar de su profundo pesimismo un resquicio le dejaba a la esperanza en lo hondo del alma, pues que con fe ferviente aunque no exenta de angustia esperaba que esa Fuerza Misteriosa que mueve el universo le mantuviese el ánimo de por vida y no le dejase caer en la desesperanza.


Josep Castelló
Barcelona, España, UE
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4301


ARCHIVO

ETIQUETAS

Acción solidaria (16) Adolfo Pedroza (6) Adolfo Pérez Esquivel (6) América Latina (132) Amor (4) Análisis de la comunicación (39) Anarquismo (2) Aníbal Sicardi (3) Anticlericalismo (1) Antiglobalización (3) Antiimperialismo (19) Antisistema (5) Apostasía (3) Argentina (3) Ateísmo (1) Atilio Borón (1) Attac España (3) Beatriz Paganini (1) Boaventura de Sousa Santos (1) BOLETÍN (16) Braulio Hernández M. (2) Burguesía (2) Cambio climático (5) Cambiode paradigma (37) Capitalismo (79) Carlos A Valle (1) Carlos Valle (2) Catalunya (1) Ciencia (4) Ciencia y tecnología (1) Clases sociales (31) Clerecía (8) Colaboraciones (233) Colonialismo (7) Compromiso (3) Comunismo (3) Consumismo (2) Control y manipulación de las masas (17) Corrupción política (9) Crimen (10) Crímen político (7) Crisis (1) Cristianismo (89) Cuento (12) Cultura (8) David Choquehuanca Céspedes (1) Demagogia (7) Democracia (19) Derechos de los pueblos (23) Derechos Humanos (120) Desigualdad de género (2) Diálogo (2) Dignidad (2) Dios (1) Divagación (1) Domingo Riorda (7) Economía (11) Ecosociología (65) Ecumenismo (1) Eduardo Galeano (3) Eduardo Pérsico (23) Educación (22) Eloy Roy (4) Emigración (7) Emma Martínez Ocaña (5) Enrique Carfagnini (1) Entrevista (1) Equidad (109) Esclavitud (5) España (9) Espiritualidad (41) Estructuras sociales (62) Ética y Sociedad (253) Evolución social (2) Exclusión (1) Fascismo (8) Federico J. Pagura (1) Ficción (1) Filosofía (4) Foro Social Mundial (1) François Dubet (1) Gabriel Brener (1) Genocidio (2) Geopolítica (54) Globalización (2) Golpismo (4) Gonzalo Haya Prats (9) Guerra (11) Haití (7) Hambre (24) Heterodoxias (3) ICR (120) Idígenas (1) Iglesia (17) II-SP (1) Iktami Devaux (1) Imperialismo (42) Impunidad (7) Independencia (3) Intolerancia (2) Irina Santesteban (1) Iris M. Landrón (2) J.J.Tamburini (1) Jaime Richart (12) James Petras (1) José Comblin (3) José M. Castillo (39) Jóvenes (1) Juan Masiá (1) Justicia (5) kaosenlared.net (1) Laicidad (1) Leonardo Boff (43) LHDG (3) Libertad (4) Libertad de expresión (4) Libia (1) Lorena Aguilar Aguilar (2) Lucha de clases (15) Luis (1) Luis Alemán (2) Manipulación de las masas (6) Marcela Orellana (9) Marcelo Colussi (1) Marià Corbí (4) Mass media (13) Maya Lambert (3) Memoria histórica (12) Migración (1) Mística (2) Mujer (4) Narcos (1) Narcotráfico (1) Navidad (13) Ncionalcatolicismo (4) Neoliberalismo (14) Noam Chomsky (2) Ocio-negocio (1) Opinión (1) Ortodoxias (1) Oscar Taffetani (6) P. Luis Barrios (3) Pablo Richard (1) Paz Rosales (6) Pelota de Trapo (13) Pepcastelló (115) Pere Casaldàliga (3) Pobreza (45) Poesía (19) Poesía de la conciencia (2) Política (5) Psicología (1) Psicología Social (1) Pueblo (35) Pueblos en lucha (15) Pueblos oprimidos (13) Pueblos Originarios (9) Rafael Fernando Navarro (87) Rebelión (1) Recomendamos (3) Religión (23) Religión y Ciencia (12) Religión y Cultura (4) Religión y política (66) Religión y sexo (2) Religión y sociedad (39) Represión (9) República (7) Revolución (12) Sabiduría popular internáutica (2) Salud (1) Santiago Alba Rico (1) Sergio Ferrari (4) Sexo (2) Socialismo (3) Socialismo s. XXI (3) Solidaridad (9) Susana Merino (10) Taizé (3) Teología de la Liberación (13) Terrorismo de Estado (1) Thelma Martínez (2) Tortura (1) UE (1) Utopía (12) Valores humanos (6) Veca Muelle (1) Vicenç Navarro (3) VIDALOGÍA (2) Violencia (28) Violencia de género (6) Violencia política (46) Violencia religiosa (3) Violencia social (13) Walter Dennis Muñoz (21)