martes, 30 de diciembre de 2008

Terrorismo religioso

El ataque de Israel a la ciudad de Gaza, que se anuncia como el principio de una larga guerra, nos motiva, una vez más, a reflexionar sobre las misteriosas e inquietantes relaciones entre religión y violencia. Lo que nos lleva inevitablemente a pensar en algo tan brutal, que mucha gente no se atreve a ponerle nombre. Pero hay que ponérselo. Me refiero al “terrorismo religioso”. Si por terrorismo se entiende la “dominación por el terror” (DLE), la historia nos enseña que, efectivamente, no pocos grupos religiosos, de antes y de ahora, se han dedicado y se dedican a intentar dominar a la gente utilizando para ello la violencia que desencadena el miedo y el terror. No hay que remontarse tiempos antiguos. Desde la guerra civil española del 36 hasta el día de hoy, las guerras que, por el motivo que sea, han sido (y son) guerras, en las que la religión ha jugado un papel determinante, son ya incontables. Pero no hablo sólo de guerras. Porque hay otras formas de violencia que infunden terror, es decir, hay mil formas de “terrorismo religioso”, por más que quienes lo causan no sean conscientes de que, en realidad, son auténticos terroristas. Terroristas quizá de cuello blanco, de alta alcurnia y de mucho rango. Pero, a fin de cuentas, personas o instituciones que, con lo que hacen y dicen, cumplen al pie de la letra la definición de terrorismo: “dominación por el terror”, el “miedo muy intenso”, a veces, tan intenso que el que lo padece ni se atreve a pensar que su vida y sus decisiones están motivadas por el miedo. Y es que hay víctimas del terrorismo que ni son conscientes de que lo son. Hasta ese punto el miedo puede llegar a ser una forma de terror que inhibe hasta la capacidad de pensar para tomar conciencia de lo que realmente padece uno mismo en su intimidad secreta.

Las relaciones entre religión y violencia son un hecho patente. Lo que ocurre es que la religión suele infundir en los creyentes tanto respeto que nos dificulta para darnos cuenta de que el fenómeno religioso, mal interpretado o manipulado por turbios intereses, nos incapacita para ver con objetividad y claridad los desastres de miedo y terror que produce en la sociedad y en cada uno de nosotros.

Dicho esto, creo necesario dejar muy claras tres cosas: 1) Nunca la religión es la única causa que desencadena las guerras y otras formas de terror social. Porque en estos casos los intereses políticos y económicos son evidentes. 2) Desde el momento en que el concepto de Dios se identifica con el Trascendente y el Absoluto (sin más precisiones), la religión resulta un peligro que, en manos de hombres con poder y sin escrúpulos, sirve admirablemente para justificar la violencia, para legitimar el terror, para maquillarlo y hacerlo asumible a tantas criaturas indefensas que prefieren la sumisión porque no se ven con fuerzas para soportar el peso de la libertad. 3) Cuando la religión se asocia con esperanzas que trascienden esta vida, en ese caso el peligro de violencia y la fuerza del terror se refuerza hasta lo inimaginable. Porque lo más seguro es que, en tales esperanzas, se basan los motivos fuertes que empujan a los terroristas suicidas que, tras una muerte instantánea, esperan un paraíso de delicias eternas. Es claro que con semejante discurso se fabrican suicidas violentos en serie. Como también, utilizando hábilmente la esperanza en el cielo, se puede fabricar cobardes resignados y bien dispuestos a soportar lo que les echen encima porque ¿qué importan las penalidades que sufrimos en este valle de lágrimas si las comparamos con el peso de gloria que nos espera? A veces, me da por pensar que este terrorismo puede ser más cruel, para el que lo padece, que el de los suicidas. A fin de cuentas, el suicidio es cuestión de segundos, en tanto que la resignación puede prolongarse durante una vida entera. Es evidente que el terrorista suicida mata quizá a mucha gente. Pero no es menos verdad que, si en este mundo hubiera menos resignación sumisa y más libertad para no soportar las injusticias, es seguro que este mundo sería distinto, seguramente mucho mejor de lo que imaginamos.

Decididamente, una de las cosas que más nos urgen a todos es afrontar en serio el problema de la religión. No para acabar con ella. Ni para pretender ingenuamente marginarla de la vida de los individuos o de la sociedad. Me parece que eso nadie lo va a conseguir. El problema no está en eliminar la religión, sino en persuadirnos de que se puede vivir de otra forma. No pretendo inventar nada. Porque, al menos desde el punto de vista de mi tradición religiosa (la cristiana), hace ya casi veinte siglos que la cosa se inventó. Lo que pasa es que, en estos veinte siglos, hemos sido muchos los cristianos traidores que hemos traicionado el invento. Me refiero al invento que consiste en este solo proyecto: “jamás se puede anteponer una idea (ni religiosa ni política) al bien y a la felicidad de un ser humano, sea quien sea”. Un Dios o una religión que le amargan la vida a los humanos, que les meten miedo, que los someten mediente terrores, quizá tan sutiles que ni nos damos cuenta de ellos, ese Dios y esa religión, no sólo son mentiras y patrañas, sino que sobre todo son un peligro público de consecuencias imprevisibles. Ya está bien de utilizar a Dios y a la religión para matar personas, marginar a colectivos enteros, por ejemplo a las mujeres, o para humillar a seres que no tienen la culpa de ser como son, los homosexuales, pongo por caso. Todo esto, se haga como se haga o por más que se justifique con los más sutiles argumentos teológicos, en realidad, no es sino terrorismo religioso.


José M. Castillo

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