domingo, 21 de marzo de 2010

Con el sudor de tu frente

Pepcastelló

Divagación para la hora del Grillo

- Lo inventó el diablo, hermana. El dinero lo inventó el diablo.

Se lo dijo en una ocasión a la monja encargada de la administración cuando le entregó el cheque de la mensualidad en el que no figuraba una parte de lo que le correspondía. Y a partir de ahí se lo repetía como una coletilla cada final de mes. Hasta que se acabó el curso y le echaron del colegio.

Durante mucho tiempo pensó que esa idea del dinero era una ocurrencia suya hasta que un cura franciscano le dijo que lo mismo decía San Francisco. Bueno, pues tanto mejor si su modo de pensar coincidía con el de aquel loco que despreciando privilegios y riquezas se lanzó a vivir como las aves del cielo y los lirios del campo.

Le venía ese recuerdo ahora que estaba hasta el cuello esforzándose en terminar un trabajo que había tenido la suerte de pillar. ¿La suerte? ¡Qué ironía! ¡Si esa ocupación era un secuestro! ¿Cómo puede ser suerte algo que secuestra a la persona?

Hacía tiempo ya que tenía bien claro que el trabajo es una condena, un castigo, según dice la Biblia: "ganarás el pan con el sudor de tu frente". Un castigo duro, pero justo, cual corresponde a su divina procedencia. Porque veamos: ¿que es más justo, que cada cual gane su pan y el de su prole con el sudor de su frente, o que los obtenga mediante sudor y sufrimiento ajenos?

No le cabían dudas acerca de la justicia divina, pero ahí algo no le cuadraba. Sentía como si el bíblico Dios que condenó a Adán y Eva se hubiese marcado un gol en propia puerta al dejar que el ingenio humano inventase el dinero. Porque con dinero de por medio el trabajo se pervierte y perdiendo el noble fin que es ganarse el sustento, se torna mercadería. Del trabajo ya no vale su utilidad colectiva sino el nivel de ganancias que da a quien lo contrata, a quien compra con dinero la vida de quien trabaja.

Así andaba aquellos días divagando de desvarío en desvarío mientras tecleaba y se devanaba los sesos para llenar páginas que tenían estipulado un precio cuantitativo, ajeno a su valor didáctico. Libros para ser vendidos, para canjearlos por dinero. La perversión del mandato divino como forma institucionalizada de vida. Ni tiempo para leer le quedaba. Ya se lo decían todas las personas de su entorno que estaban en activo, que él leía y escribía porque no trabajaba. Cierto, lo veía ahora que había interrumpido su privilegio de jubilado como lo había visto durante muchos años desde muy joven, cuando el trabajo para subsistir le esclavizaba.

Desde que a los catorce años empezó a trabajar, se cruzaba cada tarde durante todo el curso con los niños bien, los hijos de papá, que salían de la universidad técnica cuando él y los de su clase, después de toda una jornada de trabajo, se encaminaban a las aulas de formación profesional con ánimo de arañar cuatro conocimientos básicos. ¡Ah, que gran suerte es que alguien nos mantenga con su trabajo! Eso nos permite estudiar, pensar, cultivar el intelecto o el total de la propia persona. Y también situarnos por encima de quienes nos llevan acuestas con su esfuerzo, todo sea dicho.

Suerte para unos condena para otros, porque alguien tiene que pagar el gasto. Alguien tiene que hacer el trabajo que todo ser humano necesita para vivir. El bien propio a costa del sufrimiento ajeno. ¡Qué gran invento el dinero! Toda una humanidad atada con una sola cadena y llevada como de la brida por los ricos que controlan los recursos necesarios, construyen maquilas, calzan espuelas y manejan la fusta.

Es difícil escapar a esa miserable condición de aherrojado en la que vive el común de los humanos. Porque además de los códigos civiles y penales inventados por quienes detentaban el poder, para que a nadie se le ocurriese tratar de liberarse de ese pesado yugo sin ponerse del lado de los opresores, ahí había mil y un dichos a favor del trabajo: “el trabajo libera”; “el ocio conlleva vicio y el vicio esclaviza”... Eso y un sinfín de moralinas por el estilo.

Lo que le parecía más curioso era que en eso de alabar el trabajo coincidiesen quienes trabajaban con quienes vivían del trabajo ajeno. ¿Sería el mito de la bondad del trabajo proclamado por quienes no tienen más remedio que trabajar como el disimulo de la zorra que no alcanzando las uvas decía que eran verdes? ¿O será que el ser humano necesita mitos que, como sea, le mantengan el ánimo?

En ese delirio estaba cada día al terminar la jornada, imprecando al dinero que esclaviza, soñando cada noche que encendía una hoguera en la cumbre del mundo con pilas de billetes de banco de todas las divisas. Una gran hoguera que alimentaba con sus sueños y su rabia, mientras una muchedumbre inmensa de seres entre humanos y bestias brincaba enloquecida y furiosa alrededor de las llamas tratando inútilmente de apagarlas.


Pepcastelló


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